Recientemente ofrecí un taller en la Universidad Central de Venezuela. Raro fue que yo, siendo todavía un alumno de la Escuela de Letras, hablara hasta donde se me permitió sobre aquello que me gusta llamar la vocación del escritor.

Podríamos preguntarnos qué significa ser escritor; larga y tendida sería la tertulia, mas estoy seguro de que no daríamos con la respuesta, o al menos con alguna que nos llene en su totalidad. Quizá somos poco dados a aceptar las medias tintas, producto de un afán desconocido de conocimiento, cosa que la propia ingenuidad agradece porque en esa inocencia es donde pueden sembrarse las primeras impresiones del oficio.

A todas estas, escribir es un acto artificial, de pinza, bisturís e hilos de panza de cabra. Sea por las razones que lleguemos a la página en blanco, todo problema entre nosotros y el lenguaje radica en decisiones y en criterio. El cómo enfrentar el deseo de contar una historia es una decisión íntima y hermética.

El arte por encima de todo

Pienso que “todo” recae en sincerarse. Narrar desde las letras es un acto que implica sensibilidad por un lado y frialdad por otro. Escribir no le sirve a nadie en planos pragmáticos, ni a uno mismo; y sin embargo, no carece de la ilusión de aleccionarnos, guiarnos y divertirnos.

Escribir importa, pero ¿qué es lo que importa? (y a quién).

Quizá nos acerquemos a la literatura buscando respuestas, procurando que las mismas vayan a la par con nuestra moralidad y visión del mundo —lo mismo que darse con una piedra en los dientes—. Buscamos. Buscamos. Buscamos. Nos decepcionamos y volvemos.

Es un tema peliagudo el de brindar entretenimiento a través de unos personajes inolvidables y una trama que “no dejará indiferente”. Y básicamente concuerdo en que si algo nos puede regalar la literatura, es el de ratos entretenidos; o, siendo más amplios en el espectro: nos regala emociones, y estas a su vez nos reencuentran con ese lugar en el multiverso en el que verdaderamente pertenecemos. En estos términos, el escribir no se distancia mucho del acto de leer, puesto que ambos son de reconocimientos en menor o mayor medida.

Si halamos el hilo un poco, llegaremos a la conclusión de que escribir no es más que la composición estética de las letras. Es una prueba de fe de que la obra de arte es la matriz de alguna inquietud, puesto que nuestro acercamiento al arte se basa en inmersiones profundas en las polillas de la curiosidad.

El arte, desde el plano creador, desea, requiere y necesita ser apreciado; y por ende, la labor del escritor, del escribidor de turno, debe estar a la orden de tratar ese texto como tal, formarlo para dicho fin; incluso siendo nosotros el receptor: el creador es quien recibe los primeros estímulos de su creación. Hágase el arte y venga el oficio (plagio descarado a José Martí en su poema “hierro”).

Escribir desde la idea

Creo que no hay arcaísmos en este planteamiento. La literatura es un conjunto de ideas —y mentiras— llevadas a metáforas. A Emerson le gustaba decir que “La literatura es una pila de sustantivos y verbos que encierra una o dos intuiciones”.

Mucho se dice y se condena al lugar común. Razón no les falta a quienes apuntan los tópicos, pero se me pasa por la mente que a ciencia cierta no conocemos qué es un cliché en sí mismo, o qué es lo que queremos señalar al decir que algo se ha repetido hasta la saciedad.

En mi humilde opinión el lugar común, las ideas colectivas y los imaginarios fotocopiados son tan necesarios como una prosa sublime; y de esta última solo el tiempo puede avalarla. Me veo en la imperiosa necesidad de instar al uso de lo repetido como catalizador. Recuerdo a mi yo de 15 años frente al ordenador, tocado por la “musa”, dándole tecla a una historia de caballeros y dragones, en la búsqueda de un objeto mágico que les permita vencer al mal del turno. ¿Cómo cortarle las piernas a quién todavía no sabe correr? Es un acto de crueldad que se compara con dejar a oscuras a todo un país durante días.

La idea debe ser vista como un centro de entrenamiento, un gimnasio en donde ponemos en práctica los miles de recursos que la lectura nos ha regalado, que la televisión nos ha enseñado y que nuestro imaginario ha formado según la experiencia sensorial.

Un vampiro que brilla a la luz del día tiene el mismo valor que un anillo forjado Monte del Destino; son ideas, imágenes, flujos creativos que poco a poco, con algo de voluntad, encontrarán el cauce adecuado para ellas.

Es una marea de impulsos. Creo que cuando se dice que los textos deben reposar y madurar antes de corregirlos, no se refiere al manuscrito en sí mismo, sino al autor; la cabeza del escritor necesita crecer para encontrarse con la verdadera naturaleza de lo que ha escrito.

No sé si haga falta talento —eso se lo dejo a los genios y a los profesionales de la fantasía— pero sí tratamiento.

La vocación del escritor es idéntica a otras vocaciones: se forja, y se forja a punta de oficio, de práctica, de trabajos a destajo, de rodearse de lo conocido antes de arroparse con lo desconocido

 

La historia que deseo

Decisiones. Mientras más se escribe, más toca decidir. Hace falta cojones, ovarios y senos (todo a la vez) para encontrar el rumbo acertado —nunca el correcto— hacia la historia que verdaderamente queremos contar.

Ese mito de la historia que deseo convive en la misma cueva del superventas. Ambos desayunan, almuerzan y cenan antes de reconstruirse, antes de entrar en contacto con la gente. Los mitos están allí para que le forjemos un poquito de sentido a la incontrolable necesidad de crear algo de la nada.

Sí. Prima el deseo de tener una historia a imagen y semejanza de nuestro rostro, y luego, casi de inmediato, en simultáneo, la antorcha pasa al relato; sus necesidades toman la delantera, y las fuerzas en pugna, autor—texto obligan a encaminar los pasos hacia lo que menos haga daño (o lo contrario, porque herir es inherente a la literatura).

El texto sabe que no está para complacer a quien lo ha escrito, por más que este lo entienda.

Es tan humano que no pierde tiempo en rebelarse contra su dios. La ventaja es que el relato sabe lo que quiere, y tal como Mnemósine secuestra al aedo y lo dota de la vivacidad necesaria para cantar, es deber del escritor saber escuchar, saber guiarse, renunciar una y otra vez a sí mismo para, irónicamente, encontrarse. De olvidarse resurge la memoria, y de la memoria el balance.

Si nada resulta, podemos hacer caso de Ralph Waldo Emerson:

La mejor manera de escribir es lanzar tu cuerpo contra el blanco cuando ya se te han agotado las flechas.

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