Suelo irme a dormir con una piquiña parecida a la incertidumbre. Puede que sea una mescolanza de ansiosa tristeza, generada por las noticias del día. A lo lejos las motos, los tiros y las botellas al quebrarse disfrazan ese silencio y acompañan los pensamientos generados por la arenga de la jornada.

Estoy enfermo de un optimismo cansino. Entre vueltas y vueltas reviso el twitter, como si buscase una cura para mi propia nebulosa; sé que no la voy a encontrar. Leeré comentarios alentadores y cálidos en compañía de otros repugnantes. No hay medios grises en esta escala; es la misma paleta que dibuja al paciente terminal.

Venezuela es un país desdentado y cojo. Le cuelgan los genitales como señal de su impotencia. Es un país que no termina de convertirse en país, plagado de vicios, de enfermedad, de cicatrices y costuras mal remendadas. Jamás hemos querido ver esta realidad, y estoy seguro de que nuestra propia ceguera fue la que abrió la caja de pandora que hace más de veinte años nos azota.

Hemos vivido de populismo en populismo, de mesías en mesías; nos hemos alejado de nuestra propia historia, como si esta no fuese capaz de enseñarnos, al menos, lo que significa ser un país próspero. Y se me ha ido la vida en la decadencia; una decadencia a la que no puedo renunciar, quizá por amor o vaya usted a saber. Al fin y al cabo este es mi hogar, y mi hogar es el lugar en donde están enterrados mis muertos.

Me he convertido en un resentido sin querer

Discrepo de casi toda alternativa y de cada dicotomía que me brindan las fuerzas en pugnas. Por un lado, está la izquierda soberbia, caduca, construida con base en la ficción, en el hambre y la muerte; una izquierda que ha secuestrado los estratos políticos y del poder; una izquierda de libreto.

En otra arista encuentro lo mismo pero con buenos modales; una oposición que ideológicamente no es superior, que fingió ser la amiga de los tantos asesinados en las protestas contra Nicolás Maduro en el 2017, año en el que siento que dejé media vida. Más parecida a una coalición de partidos con los que nos tocó convivir para intentar vencer a la dictadura.

Nota de revés: antes de que alguien me tilde de fascista —cosa que poco me importa, puesto que tal etiqueta demostraría que quien la impone está tan informado de la vida como una palmera— reitero que mi ideal político es cercano al minarquismo con vías al anarcocapitalismo. En pocas palabras: cada quien haga de su culo un florero siempre y cuando no joda a nadie.

Siento el peso de las miradas del mundo

Toca, aunque no me guste, confiar en esta última avanzada. Los acontecimientos de los últimos dos meses han revivido algo que creía bien enterrado. Las calles volvieron a llenarse de banderas. Por primera vez —otra vez— se devela una chance real de comenzar a reconstruir los cimientos de la democracia. Mi fe, repito, se ancla más a la voluntad de la gente, que a la dirigencia opositora; para mí es una máscara colorida del mismo mal: el totalitarismo.

Quiero confiar cuando veo a muchos países apoyar nuestra causa. Quiero confiar cuando los cómplices de siempre empiezan a contradecirse. Quiero confiar cuando los intelectuales de cartón, como Chosmky, hablan desde la ignorancia, desde la soberbia ideológica, incapaces de empatizar con el hambre de toda una nación.

Y no solo ellos, sino algunos seguidores, que desde una superioridad moral pretenden enseñar y vomitar verdades desde la comodidad de un parque que no ha sido arrasado por bombas lacrimógenas, por la delincuencia y por la pobreza; unos cultos de escaparate, indiferentes, como todos los intentos de eruditos, al sufrimiento. Eso es imperdonable e inhumano.

 

Me perturban los días de silencio…

…porque cristalizan la espera del desenlace y agrietan mi propia certeza. Me son conocidos estos días, al igual que sus resultados. Desde el 2002, pasando por innumerables elecciones, revocatorios, enmiendas, victorias de “mierda”, la muerte de Chávez, muertos 2013, traición 2017. ¿Cuánto puede aguantar el rollo de una misma película?

 

Emigrar/escapar/soñar

Jardín de huellas/jardín de historias

Quedar/aguantar/llorar

Techos de piedra/techos de victorias.

Una cosa es clara, al menos. En esta esquina hay un presidente encargado como dicta nuestra constitución, y en la otra, un criminal armado, peligroso y de conexiones que no giran nada más a células terroristas; no, de ese lado están los antivalores de occidente, de nuestra sociedad. El lado de Maduro representa el retraso, el racismo, el clasismo, el fascismo, el abuso de poder, el sexismo, el machismo, el no respeto a la vida del prójimo. Defender a Maduro, a Chávez, es defender a Polifemo, bárbaro, en su cueva aislada.

Quisiera escribir próximamente desde una Venezuela libre, democrática y en vías a la recuperación. Espero que sea así, porque el mundo sigue girando y no esperará a que nos pongamos a la par.

¡Viva la libertad, carajo!

Agradecido con mi buen amigo Julio Lovera de Pal’ Toque por sus increíbles fotos. Aquí su instagram para más material

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