Nadie podría definir la metáfora. Es un pozo del que mucho tiramos, pero del que nada extraemos. Para quien escribe, el “escribidor” de oficio, suele convertirse en una planicie —sin normativa— de posibilidades; aquello a lo que su vocación apela en la búsqueda de una estética.

Y es que al fin y al cabo todo este asunto de crear, imaginar y componer va de la mano con la ensoñación, con las pulsiones de la evocación. Va, repito, de procurarse de lo que uno tiene a su disposición en materia de imágenes, puesto que son estas las que dibujan en cierta medida lo que hay detrás de la sensibilidad de un artista, y en este caso, de escritor.

El mundo es imagen, y el tiempo, esa monótona línea que solo parece ir hacia adelante, un hilo que los conecta. Lo decía Emerson: puede que la metáfora sea una certeza particular que llega a nosotros por medio de una imagen. Vemos a través de la palabra; dibujamos con la prosa. ¿No estoy acaso trazando un paisaje con símbolos, íconos o signos convencionales dentro de lo que se conoce comúnmente como lenguaje escrito?

Hasta donde sé, lenguaje dibujado y lenguaje escrito vendrían a ser la misma cosa, o llamarse ellas con el nombre de la otra. Incurren, al menos en apariencia, por el camino de la extracción de sedimentos —recuerdos, la infancia, de nuevo: el tiempo— individuales y colectivos. Me arriesgo: escribir es metáfora de dibujar.

Si me preguntan, Borges ya había dado en el clavo en “Anatomía de mi Ultra”:

La metáfora: esa curva verbal que traza casi siempre entre dos puntos —espirituales— el camino más breve. 

Y vuelvo, fiero, a sus palabras de alguna de sus conferencias:

Cuando algo sólo es dicho o -mejor todavía- sugerido, nuestra imaginación lo acoge con una especie de hospitalidad.

La literatura, la que creo que me gusta, está permeada de sugerencias. Este proceso se deriva en pequeñas insinuaciones que poco a poco trascienden y explotan en la vívida experiencia de la imaginación, en la experiencia lectora plena. No sé si el arte enseña (como nos quieren hacer creer), pero sí que connota; y bastante, dicho sea de paso. Me costó entender que todo el método de creación de Gianni Rodari, por ejemplo, se basa en la unión de dos entes en pro de transformarlos en algo tangible. Ese binomio fantástico no es más que un mecanismo ficcional hecho metáfora, artificios de la palabra que conmocionan, connotan, evocan e impulsan lo que sea que llevemos en el pecho.

El otro día se me ocurrió una a manera de juego: la cotufa es una flor de mantequilla. Ridícula, ¿eh? Empezando por el hecho de que solo los venezolanos usamos la palabra “cotufa” para referirnos a las palomitas de maíz. Pero dejemos atrás esto y procedamos a explicarla tal como se explica un chiste pésimo.

Me pareció curiosa, entendiendo que la cotufa nace de expandirse y por ende brota a partir del calor; nace a partir de un elemento nuevo. El grano de maíz es en cierta manera (puede que me equivoque) una semilla; se riega con fuego (otra metáfora sin esfuerzo) y la olla termina siendo un Campo Elíseo de grasa (de acuerdo, basta).

Ya sea válida o no está digresión, hay una similitud entre la metamorfosis de una cosa a otra. No es algo estático. Puede que la metáfora sea una crisálida de la que se observa nuevas formas de tal o cual elemento de relacionarse con el mundo. La metáfora alerta al que la persigue, digo, percibe.

¿Alerta para qué? Pues, mírame, lector, soy metáfora, soy estéticamente diferente, he causado algo en ti, he generado emoción y te ordeno que saborees el proceso de cómo me universalizo. Soy en simultáneo causa y efecto. No soy nacido del azar: me crearon las circunstancias del texto y tu imaginario. Soy una lápida. Soy, como te dije, una flor de mantequilla.

Nadie podría definir la metáfora, repito, pero sí señalarla. El fenómeno está, convive y emociona, y es parte de lo que considero es la función —sin finalidad, como decía Kant— del arte: generar algo, trastocar alguna fibra, ser parte del gozo o de la destrucción en el ánimo. La metáfora no será igual de necesaria que un bombillo, pero penetra en la materialidad de la luz que este provee y la convierte en Sol, en Luna y en estrellas; también en el símbolo unívoco de la idea, de la creatividad.

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