Partiré de una simple premisa: un escritor es una multiplicidad. Para ser preciso, pienso que cualquier persona en contacto con el arte está condenada al fenómeno del cambio, de la impermanencia, a barajear el mazo de cartas y revaluar sus jugadas. Un artista que se ate a sí mismo a la inamovilidad de sus inquietudes es un cadáver anunciado. 

¿No es el arte, quizá, la suma de percepciones, causas y consecuencias —una rueda karmática— una cadena de polivalencias que se sostienen entre sí para brindar, [in]validar tal o cual experiencia? ¿No es un shock eléctrico que sacude procesos e intercambios intuitivos de imaginarios y cosmogonías? Bajo este planteamiento, ¿no es también el artista, conducto entre la expresividad y la necesidad, un espejo residual de estos fenómenos? 

Tal parece que el mundo contemporáneo, a pesar del dinamismo y su íntima relación con el tedio y la relevancia forzada, opta por paralizar las imágenes y sus conceptos, como si la piel que nos encierra en esta realidad no fuese a caminar por el paso inevitable de la vejez; hay una amnesia colectiva sobre el movimiento, un congelamiento semántico que recae en cuanta significación manejemos

Es el panadero el que hace pan. Es el médico quien cura las enfermedades. Es el jardinero el que embellece los jardines. Oficios, vocaciones y finalidades. El cuestionarse sobre sus funciones parece un aleteo errático, preconcebido por un algoritmo que no pretende sobrecargarse con más de lo que el programa da abasto. Se reduce, entonces, el plano de movimiento hasta matarlo y empaquetarlo. 

Al artista también le ha tocado su parte, comúnmente asociado a colores y timbres más o menos parecidos entre sí, que se repiten según algún lineamiento de la tradición estética que prevalezca en su imaginario, o por la propia masificación del oficio que, para bien o para mal, banaliza y le pone unos grilletes que nada tienen que ver con su norte.

 

Con el apogeo de las opiniones (que mágicamente se transforman en hechos por aprobación masiva, incluida esta) llega el encasillamiento de la vocación del escritor. Quienes sientan preferencias por un género, caen de inmediato, ante ojos generales, en un disfraz que ni pregunta si uno se lo quisiera poner. Quien escribe terror es, por antonomasia, un asesino serial; el fantasista, un niño que no ha terminado de crecer; el realista, el que ha alcanzado la madurez temática. Queda en entredicho que la estaticidad de significaciones no es algo exclusivo del artista de masa o del sabelotodo de turno.

Estos cercos terminan en lugares comunes y celebran los pequeños rasgos del oficio que se alejan de la dedicación a tiempo completo. Podremos divertirnos, recordar que alguna vez caímos en tal foso, burlarnos de la propia ingenuidad y retomar con buen pie desde aquellos días hasta este presente continuo. Quien vive con el arte y para el arte sabrá que cualquier definición impuesta le quedará corta; y es obvio, al menos para mí, que buscará sacudir y reaccionar ante tal acto de violencia estética, como lo haría un pueblo ante las dictaduras.         

Tomemos por ejemplo esta imagen, cuyo crédito no tengo a la mano. Si bien entiendo que este tipo de contenido está hecho para entretener durante par de minutos, estoy en mi derecho de sobrepensar sus acepciones. Entiendo que es inútil discutir con un meme que busca ser un motivo de evasión. Quizá es un grito personal por hacerme notar.

Procederemos a contestar algunos de sus planteamientos. Invito a hacerlo como ejercicio reflexivo. 

Siempre estás pensando en tu novela 

El problema está en generalizar. Entiendo que una persona dedicada a la literatura medite en un continuo bambolear sobre los temas que a esta le competen; de hecho, denota un interés mayor por alcanzar el entendimiento sobre el oficio. Ahora, que se piense mucho sobre algo no quiere decir que tarde o temprano arrojará luz, ya que entra en juego la perspectiva y sus enfoques. Por ejemplo: practicar un pasaje en la guitarra con vicios —mala digitación y técnica— mil horas no es más productivo que dos de estudio consciente. 

Ahora, ¿tiene que ser una novela? ¿Tiene que ser la propia? La novela es el género narrativo que más se asocia con grandeza; muchos premios giran alrededor de ella. ¿Qué pasa con los libros de cuentos, de ensayo, crónicas, teatro, transgenéricos? Hay que validar que, si siempre se va a pensar sobre algo, puede que no sea el común denominador. Un escritor no solo escribe novelas, aunque su obra esté integrada en su mayoría por estas.

Mariano Picón Salas nos dice:

Como escribir es un oficio que solo difiere de otros oficios en complejidad y en el repertorio de ideas e información que maneja cada escritor, conociera muy mal mi profesión si solo pudiera dispararme en tono ensayístico. Es lo mismo que si a un ebanista la clientela solo le pidiera lechos para matrimonio, y no sillas para sentarse, mesas para comer con los amigos o estante para guardar los libros. Y la mejor lección que puede dar un escritor a quien ya se le fue la juventud y marcha a la otoñal meditación desolada, es trabajar su instrumento expresivo con la misma exactitud y variedad configuradora como el buen ebanista convierte su pedazo de madera en objeto hermoso y socialmente útil (“Y va de ensayo”. Viejos y nuevos mundos).

Conviertes a todo el mundo en personajes/Tus personajes tienen algo de ti  

Esto se ramifica del punto anterior. Estoy en desacuerdo en que el escritor esté enjuiciado a convertir lo que ve y toca en parte de su obra por la sencilla razón de que la ficción es un cúmulo de decisiones inconscientes, que bien pueden manifestarse en esa obra. La literatura trabaja como una mentira, como un eje que deforma su figura central a medida que va girando, aumentando la velocidad, hasta que perdamos de vista el referente real o la capacidad de compararlo con algún otro referente. 

La ficción solo tiene a la ficción para sostenerse. El ente que la percibe es quien puede dar asociaciones, y quizá, lo único que podría entrar en discusión, es el orden de estas asociaciones: mímesis, poesis y diégesis. Esta tríada encapsula, al menos de buenas a primera, la manera en la que las cosas son creadas y experimentadas a través del diálogo de imágenes y su espacio ficcional. 

“El cuento ficticio”, de Julio Garmendia, por ejemplo, es una clara respuesta ante la tendencia de los movimientos realistas de llevar todo a un plano más concreto, dejando por fuera siempre la abstracción propia de la ficción para relatar hechos reales, como si la propia ilusión de referencialidad fuese suficiente para penetrar en el imaginario del lector del momento; que si bien podría serlo, no se está permitiendo utilizar todo el bagaje imaginativo que la humanidad ha cosechado a través de las historias primigenias, épicas, fabuladas y mitológicas. El aporte de este ensayicuento está en validar las tendencias imaginativas del género fantástico —poco practicado en Venezuela, en especial aquellas historias que lindan con lo maravilloso todorovtiano— y no dar por sentado que el avance de una sociedad está en el abandono de los mitos o de la imaginación.

 

Te gusta matar personajes

Finalicemos con este. La muerte como punto de giro es quizás uno de los recursos más usados hoy día y de los que quisiera renegar, no porque la muerte en sí misma no me atraiga, sino porque se está presentando como la única herramienta existente que puede generar interés en el entusiasta de la ficción, y por tanto, su uso excesivo la convierte en el lugar común del morbo por el morbo. 

 

Esta idea de matar personajes se exalta como la quintaesencia del escritor adulto, de aquel que ha alcanzado una cúspide a la que pocos llegan. Se defiende la frialdad de este hecho porque refleja que nuestra realidad permea también a la ficción. Nuevamente, quienes escriben bajo esta premisa están guiados por la excitación de turno, y poco tienen que ver con remover las fibras emocionales de alguien en específico, siquiera las propias.

Este suspenso de muerte parece un circo, que obedece a la demanda más que a la necesidad artística. Conmover por medio de la muerte es ponernos frente a frente con ella durante el paseo narrativo; un dominio ingenuo y precipitado solo nos hará sentir como en el coliseo romano, espectadores de una reyerta reiterativa que más que oscurecer el estilo de lo escrito, lo infantiliza porque a leguas se huele que el que escribe no está interesado más que en sacar un par de aplausos fáciles y adornar su biografía de twitter con la palabra “escritor”. 

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió Pavese. Solo eso. Más que regalar muerte y sangre a diestra y siniestra, ¿por qué no preparar la obra misma para su defunción? Que muera el autor, que muera el mundo posible, que muera la ficción y sus personajes; pero que mueran porque realmente se prepararon para ese momento. Una obra que trasciende se sabe muerta desde el primer capítulo, y se sabe eterna en el punto final. 

Además, en el proceso, quizá nos convirtamos en el escritor digno de esa obra.

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