El imaginar es un acto que permite resignificar los fenómenos que rigen la experiencia personal. La relación del entorno con el sujeto lo predisponen a moldear, casi de manera anímica, su propia realidad, mientras lleva lo circundante, lo irreal —entendiendo lo real como consistencias del marco referencial inmediato—, a un plano tangible. Dicho de otro modo, es una forma inmersiva de observar los códigos de su experiencia trastocada por la intuición de que el mundo no es tal cual como está planteado.

Nos dice Ribeyro en sus Prosas apátridas:

Es necesario dotar a todo niño de una casa. Un lugar que, aun perdido, pueda más tarde servirle de refugio y recorrer con la imaginación buscando su alcoba, sus juegos, sus fantasmas. Una casa: ya sé que se deja, se destruye, se pierde, se vende, se abandona. Pero al niño hay que dársela porque no olvidará nada de ella, nada será desperdicio, su memoria conservará el color de sus muros, el aire de sus ventanas, las manchas del cielo raso y hasta «la figura escondida en las venas del mármol de la chimenea». Todo para él será atesoramiento[1].

Ribeyro concibe la imaginación como un modo alternativo que les permite a sus personajes reconfigurar una realidad estática, normativa y esclavizada a una linealidad que no parece permear en ellos. Ya sea que estemos hablando de un niño, como en el caso de “Por las azoteas”, o un hombre de mediana edad atrapado en su rutina cíclica en “Silvio en El Rosedal”, estas realidades preconcebidas se hacen insuficientes. No queda más, sea por curiosidad o la búsqueda incesante de respuestas, que intentar apartar el velo y observar una naturaleza oculta y posible; una llave que resuelva ese mensaje cifrado. 

Ribeyro

Hay dos aristas dialécticas en el contacto con estos mensajes. La primera viene dada ya por su aceptación y posterior convivencia, dependiendo de qué tan dotada y dispuesta esté la mente a abrazarlos. Podría afirmarse que una mente inquieta y curiosa, como la de un niño, conversa con esta realidad cifrada a medida que va resolviendo sus enigmas, pues no problematiza sus secretos, sino los acoge y en ese proceso encuentra la solución del supuesto mensaje. También cabe mencionar que cualquier sombra o problema mayor que parezca no tener salida, es una motivación aparte que dará pie a seguir creando e imaginando sobre dicho código, como si mitologizase esos resquicios a los que no se acceder al menos de momento.  

 

Dice el cuento:

Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campañas, que no iban sin peligros —pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales— regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo[2].

 

Ribeyro

La segunda arista no es tan piadosa. La problemática gira alrededor de la duda y de una aceptación del fenómeno contaminada por las fuentes a las que dicha mente pertenece. Puede que tenga el germen de observar atentamente, sin ligereza, los hechos; pero, parte de esa capacidad se ha ido perdiendo conforme crece. Aspira maravillas, sí, a su vez que desconoce la posibilidad de que haya algo detrás de los muros. Una mente cansada, derribada y exhausta no tendrá tiempo para imaginar, y mucho menos para atender las señales que colorean el mundo. Silvio, por ejemplo, a pesar de ser el dueño de El Rosedal, no se sentía dueño de nada; ni de sus paredes, sus habitaciones o sus campos, porque no se reconocía en ellos; no reconocía su vocación como ser humano a través de su herencia, que también era un recordatorio de una relación inestable con su padre. ¡Qué gran diferencia con el niño de “Por las azoteas”!, que aún sin título de propiedad, se sentía —y estaba seguro de ello— dueño y señor de los techos, pero solo de los que magnificaba y codificada desde su imaginación.

Decía Ribeyro:

La luz no es el medio más adecuado para ver las cosas, sino para ver ciertas cosas. Ahora que está nublado he visto por el balcón mayor número de detalles en el paisaje que en los días soleados. Estos resaltan ciertos objetos en detrimento de otros, a los que dejan en la sombra. La media luz del día nublado pone a todos en el mismo plano y rescata de la penumbra a los olvidados. Así, ciertas inteligencias medianas ven con mayor precisión y con mayores matices el mundo que las inteligencias luminosas, que ven sólo lo esencial[3].

Silvio, el niño y su compañero son parte de una sola inteligencia intuitiva, y el código que los une es que son intérpretes del ordenamiento de sus realidades. Para el niño, el sentido cifrado del mundo ya está resuelto; no vemos el proceso, pero sí sus causas: las vacaciones, el tedio de una vida común en los bajos y la idea de un regreso del mundo de las ideas y de la imaginación.

En cuanto a Silvio, la aprensión de saberse solitario y desconocido hasta para sí mismo es lo que lo conduce a creer en el ordenamiento de El Rosedal, pues el azar y la coincidencia de la ecuación le brindó consciencia sobre las estructuras de la hacienda; al darle un sentido a su búsqueda del significado escondido, le dio sentido a la existencia de esta. Si El Rosedal no era parte de una cadena aleatoria, la mansión tampoco. Son parte de la unicidad del mensaje. 

Encontrar el “mensaje”, mas no descifrarlo, dotó a Silvio de la fortaleza necesaria para avocarse en donde debió en primera instancia: “Todo lo que él había deseado de niño era tocar el violín como un virtuoso y pasearse por el Jirón de la Unión con sombrero y chaleco a cuadros, como había visto a algunos elegantes limeños[4]”. La resignificación de la vocación hacia la vida, aún estéril por el tiempo, presentó a un Silvio dueño de su búsqueda, ya sea por la manipulación del propio código encontrado en El Rosedal —de RES a SER y demás variaciones— o por no hacerse la vista gorda ante las sincronicidades. Se entiende que la decisión de creer o descreer está adherida a su voluntad. De haber azoteas, Silvio sería señor de ellas.

O ser, ¿por qué no?, lo que siempre había querido ser, un violinista como Jascha Heifetz, por ejemplo, cuya foto vio muchas veces de niño en la revista Life , tocando su instrumento con los ojos cerrados, ante una orquesta vestida de impecable smoking y un auditorio arrebatado[5].

Ribeyro

Sin embargo, estas delusiones son frágiles en la medida que ambos personajes sean empujados fuera de ellas por circunstancias que no pueden ser controladas, como las decisiones de otras personas o la muerte. Si bien el principal catalizador de la imaginación, de estas alteridades artificiales, es la noción de que el mundo puede tener más de una capa y que necesariamente no tiene que apegarse al referente más inmediato, sostenerla a largo plazo puede banalizar y ocultar el raciocinio y la capacidad de tomar decisiones. Estos personajes no están exentos de agotamiento y hartazgo; hay una intuición de que seguir por aquellos parajes puede terminar convirtiéndolos en parte de lo que primeramente los llevó a considerar otras nociones de mundo. El sentido muta, y si se ha aprendido algo, si se ha arrastrado algo una vez que se regresa, la serenidad de la indiferencia codificará, tal como las viejas inquietudes, el lugar de cada quien en el mundo. Silvio saborea el sinsabor, un alivio luego de tanta premura por saber sobre el saber:

Aún intentó una nueva fórmula que improvisó en el instante: las letras que alguna vez creyó encontrar correspondían correlativamente a los números y sumando éstos daban su edad, cincuenta años, la edad en que tal vez debía morir. Pero esta hipótesis no le pareció ni cierta ni falsa y la acogió con la mayor indiferencia. Y al hacerlo se sintió sereno, soberano. Los fuegos artificiales habían cesado. El baile se reanudó entre vítores, aplausos y canciones. Era una noche espléndida. Levantando su violín lo encajó contra su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo. Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor[6].

El regreso del rey de las azoteas deparará amargura. Ha cambiado, sí, pero ahora en soledad, con la perspectiva de que el tiempo del reinado no es infinito, tanto para el rey de los gatos como para sí mismo. La lluvia puede tardar, trayendo consigo la idea de que el reloj de la mortalidad existe, y que no hay corona ni perezosa que esconda señal cifrada para evadirla. Sin embargo, el legado de la imaginación, heredado por su amigo ya muerto, parece haber encontrado un corazón fértil para germinar:

Sólo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos. Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde[7].

Bibliografía y referencias

[1] Ribeyro, Julio Ramón. Prosas Apátridas. Seix Barral, 1986. p. 47. Edición digital (epub)

[2] Ribeyro, Julio Ramón. En “Por las azoteas”. La palabra del mudo. Jugaor, 1992. pp. 94-95. Edición digital (epub)

[3] Ibid 1. p. 36.

[4] Ibid 2. En “Silvio en El Rosedal”. p. 261.

[5] Ibid 2. En “Silvio en El Rosedal”. p. 274.

[6] Ibid 2. En “Silvio en El Rosedal”. p. 286.

[7] Ibid 2. En “Por las azoteas”. p. 100.

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