Quizá la ceguera no sea tan cruel. Dentro de su oscuridad hay un tipo de resignación voluntaria, como aquel que acepta que pronto se colocará el pijama de madera y se relegará a diez metros bajo tierra. De hecho, la ceguera tiene tintes honorables, de soldado que ha servido a un propósito, a un rey, a una causa; la ceguera es una especie de cicatriz, de recordatorio y de lección; una maestra que escalona los sentidos restantes en la búsqueda de la supervivencia. Sí. La ceguera se oye razonable.

Mas no vengo a hablar de la ceguera, sino de aquel día en la que nos la indujeron, como si nos hubiesen sacado los ojos con par de cuchillos calientes. La oscuridad abrazó, y abrasó, los rincones en los que todavía el Sol tenía la osadía de iluminar. 

Hasta ese día no entendía muy bien de qué iba la oscuridad. Vi las sombras removerse en las esquinas, caminando en compañía de rostros rotos, confusos; muecas dilatadas, con un pie en el umbral de la locura y el hambre. La procesión de gente se perdía en el ya desaparecido horizonte, cargada nada más con lo que sus brazos les permitían.

El apagón engulló a Venezuela como una bestia surgida de la vorágine de negligencia y maldad de quienes usurpan el poder político. Es una bestia roja, ávida de miedo, de sumisión. Desde la azotea podía observarla regocijándose mientras repartía culpas y se llenaba de los aplausos de los que portan el monopolio de la violencia y la sangre.

En la oscuridad citadina observé estrellas indiferentes. Las odié, tan lejanas, tan en su mundo, tan dueñas de sí mismas, tan estáticas e inquisidoras, como aquellos que nos miran desde afuera como un parque de diversiones, cuya atracción principal es la puesta en marcha de la utopía socialista. Mientras rezaba –sí, recé a Dios, al Diablo, a cualquier dedidad que le estuviesen pagando el turno nocturno– una madre llevaba en brazos el cadáver de su hija desnutrida a la morgue. Horas después, al ver el video, solo noté que la muerte también la había alcanzado a ella; la oscuridad le había arrancado hasta el dolor.

No supe de mis padres hasta hace poco. La oscuridad, la ceguera, solo atribuida a la vista, atacó como una gangrena. De punta a punta, el país solo vivió del silencio, de la especulación y del horror. El país era un espectro sin tumba, sin lugar de reposo, sin peaje a Caronte.

 

La radio apareció como una invención de nuevo milenio. Voces. La voz de la información, sagrada luminaria, acalló el temblor de mis piernas o mis ansias de fumar hasta el filtro los cigarrillos que no tenía; y de vez en cuando sintonizaba la estación de la bestia, quien alegaba ataques cibernéticos, como quien narra una versión barata de distopías juveniles.

Luego vino la soledad; la soledad de las horas, el vinilo sin aguja, la estática. La ciudad no durmió –ni duerme– porque su almohada estaba hecha de pesadillas.

 

Enhoramala vine a percibir el aleteo de zamuros entre la basura y en las esquinas, con alas como manos y pies. Deseé el Sol que aún no se muestra entre pequeños latidos de normalidad. Titilan las velas, hablan y flamean como en el tiempo de los hombres antiguos, solo que yo pertenezco a la época de una revolución fallida, que me hizo retroceder hacia la muerte de la modernidad, del intelecto, de la civilización. Volví a las cavernas en contra de mi voluntad, asustado por aquella bestia que sé que acecha a mis seres queridos, cobijada nada más que por la oscuridad.

Cuatro días a oscuras. Cuatro días que se sienten como cuatro revoluciones, todas vanas, dicho sea de paso. Cuatro días en donde lo peor y lo mejor del ser humano salió a flote entre las aguas negras. Nadie entenderá lo que es nadar entre esas aguas, entre la decepción y la desesperación. Soy una víctima más de la oscuridad, de la ceguera inducida, de la mudez, de la barbarie. Y de esta última soy cómplice, porque he conocido el odio. Estoy manchado con el resentimiento hacia quienes han herido la vida de mis semejantes que han muerto en la boca de los cuervos apenas al nacer. Hospitales y maternidades en la penumbra. El olor a carne putrefacta emanando de las neveras; las pocas migajas ganadas a punta de martillo en un paraiso de izquierda que, irónicamente, desmonta día a día el juego didáctico de Marx y sus compinches contemporáneos. Sé que nos detestan por eso, porque tiramos de un manotazo la verborrea maquiavélica de su soñado Estado presente. Mientras sigamos con vida, seremos la prueba de que tales falacias no funcionan. Por eso nos quieren muertos y callados.

Me queda, al menos, la expectativa del final que se asoma, mas no sé si es aquel en el que celebremos la caída del ídolo mellado; y mientras, me rehúso a recuperar la falsa rutina que nos han vendido como espejitos a cambio de nuestra libertad, de nuestra dignidad y de nuestra vista. Soy un rechinar de dientes en la negrura de una noche que parece ser eterna.

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Las ilustraciones que utilicé en este post son cortesía de mi buena amiga Vivian Freites. Su trabajo es excepcional y de mucha calidad, por lo que recomiendo que te pases por su Instagram si te gustan los tópicos oníricos, surreales y oscuros

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