Dicen que el formato televisivo, en especial el de la serie, es el género del nuevo milenio. Cada día que pasa, por razones más o razones menos, lo confirmo al observar fenómenos como el que nos compete en la disertación de hoy: Juego de tronos o Game of Thrones.

No hay duda, al menos para mí, de que estamos ante un cambio espontáneo y gradual de paradigma gradual. Las series, la ficción, en su formato audiovisual, revelan día a día un gusto instintivo hacia las historias —cosa que siempre ha estado allí—, y el mercado, gracias al dios de turno, ha intentado suplir esa necesidad. Ahora, que estas formas de suplir necesidades sean efectivas o no, queda a debate. A mí solo me compete sorprenderme como el pobre mortal que soy.

Con Game of Thrones, adaptación de los libros Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin pasó algo muy particular. Por mucho tiempo me pregunté cómo una serie de género, con inclinaciones a lo fantástico/maravilloso, con imaginarios comúnmente relacionados a la mala literatura (no por mí, ojo), pudiese calar tan profundo en cada uno de los países donde se transmitió. No está de más decir que mi recelo hacia la masificación de este tipo de historias afloró en un par de ocasiones: los castillos, los dragones y la épica fantástica me pertenecían; pertenecían a mis tardes de lecturas, de juegos, de escritura pretenciosa y horrenda.

Y todavía. Admito que soy un egoísta de la ficción.

Podría atribuirle tal éxito a la facilidad —relativa— con que la serie se nos fue presentada. Al punto. Esta fluidez narrativa, sumada a unas actuaciones más que aceptables, fue el punto de partida para que públicos más que variados se adentrasen en los Siete Reinos. La fantasía, para bien o para mal, desde las cintas de El señor de los Anillos, volvía a reinar.

Si bien la serie ha terminado bajo circunstancias debatibles, me remito a observar a Game of Thrones como un todo, como un bloque que poco a poco fundamentó sus cimientos en la incomodidad visual, la violencia, la brutalidad, el diálogo, en lo grotesco y en la complejidad de sus personajes. Sin que nos diésemos cuenta, la serie se encargó de introducirnos la ambigüedad ética y nos alejó de la concepción binaria de bien y mal.

Quizá para lectores más versados esto no sea un boom (en realidad creo que casi nada lo es), ya que desde hace años se han manifestado obras que juegan con estos elementos.

Malaz, de Steven Erickson o Elric de Melniboné, de Michael Moorcock, por nombrar referentes inmediatos de la tradición tardía del fantástico contemporáneo, construyen historias de fantasía alrededor de la decadencia, la muerte y la venganza.

Pero para mis padres, el espectador que solo busca entretenerse (quién irónicamente sabe sacarle mejor provecho al arte) y el no entusiasta de la ficción, la serie reavivó algo en su interior.

Es como si un pinchazo despertase un ansia, casi primitivo, de escuchar, observar y maravillarse. Game of Thrones trae de nuevo, y parafraseo a mi colega Javier Miró en su más reciente video, esa capacidad de sorpresa y de admiración; nos pone en contacto con la necesidad de una historia con la que podamos reconocernos.

Y esta premisa es, básicamente, uno de los pilares de la literatura y la que más problemas da a la hora de definirla, puesto que un relato, un cuento, una novela, solo busca, en su más ínfima esencia, generar una emoción, un pálpito, una chispa; darnos un pequeño lugar en el mundo.

Si bien podemos odiar el tratamiento de la última temporada, y lanzar veneno al desenlace (yo no lo haré. Eso se lo dejo a los profesionales de la fantasía) creo que olvidamos que fueron más los momentos amados que los odiados. Para un género tan vapuleado en el ámbito audiovisual como lo es el fantástico, donde la mayoría de los intentos terminan siendo un bodrio carnavalesco, Game of Thrones superó la barrera del tópico con sus propias reglas.

¿No es, acaso, nuestra tarea el observar estas cosas con lupa? Echar el ojo al regreso simétrico de Jon a la Guardia de la Noche, al simbolismo entre aquel caballo blanco y Arya, o la humanidad surgida de la barbarie, representada en la imagen del dragón como bestia al derretir el trono, y el paso del mismo, del hierro a la madera.

Hay detalles… hay detalles… sí… sí… Quizá no es la emoción lo que vale de una obra literaria, sino el cómo esta llega al espectador, o puede que sea una pizca de ambas.

Nadie, ni yo mismo, esperaba que una serie de esta calaña alcanzara el éxito que tiene y tendrá, y más que hablar de éxito, no esperaba que un universo fuera de ella se expandiera a límites que me son difusos de vislumbrar. Seré ingenuo, pero si una obra salta del papel (1995, primera edición) a la pantalla, y de la pantalla a las lenguas, algo debe estar pasando.

Cito a Tyrion Lannister porque creo que da en el clavo de una forma pragmática:

He tenido mucho tiempo para pensar sobre nuestra historia sangrienta, sobre todos los errores que hemos cometido. ¿Qué une a la gente? ¿Ejércitos? ¿Oro? ¿Banderas? No, historia. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nada puede pararla. Ningún enemigo puede derrotarla.

La memoria de la humanidad se cimienta en historias, en gestas, en relatos, en la hora imperiosa de acercarse a la fogata con el fin de escuchar a aquel que canta, aquel que cuenta, aquel que relata, aquel que llena la viñeta de mi propia ignorancia, aquel que fue tocado por la musa. Si de historias no está escrito el código de está simulación, ¿de qué otra cosa puede ser? Surgimos de la palabra, y nos movemos entre —y con— ella porque somos sus hijos.

Vuelvo al muro. Si Game of Thrones es capaz de hacerme disertar sobre estas cuestiones, algo debe estar pasando en los albores de una serie, de un formato y de un género. Y me siento afortunado de al menos observar, porque alguna historia he de escribir en el futuro sobre esto. Valar Morghulis.

 

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