Quizá la única forma de dejar constancia de nuestro paso por el mundo sean las palabras, y más allá, las historias que armamos con ellas. La muerte continuará siendo ese misterio intocable, una eterna ranura sin reparación, que a su vez no necesita ser reparada. El hombre se ha explorado a través de ella, sin conseguir, unánimemente, un consenso sobre el otro lado. Puede que el único consenso sea la entrega total a sus brazos, esperando que ella —la muerte— no sea tan dura con nosotros, que obtengamos alguna especie de perdón y nos fortalezca para continuar con el tránsito hacia lo desconocido. 

Los que están muertos, muertos se quedan, dicta el pensamiento popular sin que razón le falte. Desde este lado anda el sabor de una ausencia, un recuerdo y la náusea de la certeza de que seremos los próximos. Enfrentamos la transitoriedad con lo que tenemos a la mano, y en el caso de la literatura —tema que nos compete— se afronta en una especie de juego de cartas, dándole chance a la parca de hacer sus jugadas. Al fin y al cabo, el diálogo con la muerte es un problema de sombras en el lenguaje, que gira alrededor de un punto en específico de la consciencia humana. 

Desde este punto de vista, la muerte se planta como una oportunidad de exploración, una raíz más de un árbol del que no vemos su copa. En el caso de los fenómenos paranormales, que Daniel Centeno nos presenta en No hablaremos de muerte a los fantasmas, la raíz de la que se jala presenta una particularidad dentro del relato fantasmal, que va más en consonancia con una cuentística doméstica. Los cuentos campanean al yo más inmediato, aquel que lidia con ese espacio vacío en donde alguna vez hubo vida.

Sin más, los fantasmas, a través de la prosa de Centeno, huyen del miedo; no desean espantar al desgraciado de turno que los ve, porque en cierta manera se sienten parte de un cosmos unitario del que es imposible desligarse, aunque la materialidad ha cambiado. No estamos ante un libro de de terror, sino ante una obra que redime las voces —y nuestras relaciones con esas voces— que se han apagado. 

Daniela Guzmán, escritora y prologuista del libro, atina con esto: “Redención es aquello que buscan todas estas figuras tristes, luminiscentes, que repiten sus patrones como ecos más allá de la muerte. Es lo que buscamos los vivos, que acaso recorramos el mundo como sombras también”[1].

 

El autor

Daniel Centeno es un autor mexicano nacido a principios de los noventa, enfocado en la literatura fantástica y la ciencia ficción. Pertenece, quizás, a una camada de autores latinoamericanos que vienen mostrando interés por la ficción de corte no mimético e imaginativa. 

Este interés lo ha llevado a ganar el XXXV Premio Nacional de Cuento Fantástico y Ciencia Ficción con “Noturo” y a ser mención honorífica en el VI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola con los cuentos “Tormenta y Dios padre”. 

Parafraseando un poco, también ha cultivado una carrera literaria en las revistas: La cigarra, Luvina, Visor, Tierra Adentro, Opción (ITAM), Rojo Siena, Punto en línea (UNAM), Axxón y Penumbría.

Algunos de sus textos aparecen en Antología de letrasdramaturgiaguion cinematográfico y lenguas indígenas Jóvenes Creadores 2017-2018 y Antología I & II Certamen Literario Internacional 2015. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 y del PECDA JALISCO (2020-2021) en la categoría de Cuento.

Como anécdota personal, lo conocí por su disertación de lo real maravilloso en el blog de Esther Magar. Las ventajas de la virtualidad nos acercaron por Twitter y otros canales. Bebe constantemente de los norteamericanos Raymond Carver y Ray Bradbury, y como cicatrices, se nota en su obra. 

En el 2021 publicó No hablaremos de muerte a los fantasmas, editado por Casa Futura Ediciones, siendo el libro que nos trae hoy acá.

No hablaremos de muerte a los fantasmas
Daniel Centeno

Argumento y Eje Temático

No hablaremos de muerte a los fantasmas es un grimorio de 24 cuentos que gira alrededor de lo paranormal, centrándose en el fenómeno de la muerte y la convivencia —y la consciencia— de un más allá tangible, donde los vivos y los fantasmas se aceptan como parte del tránsito de sus existencias. 

Cada cuento aborda esta anomalía bajo el mecanismo de la normalización. Si bien entendemos que en el fantástico la irrupción de un elemento extraño puede —y debe— causar una sensación de duda, miedo o locura, en el caso de la narrativa Centeno esta premisa se desplaza hacia una relación, casi familiar, de diálogo y afirmación de “lo otro”. La fantasmagoría es una particularidad más. Podría inclinarme a catalogar a la mayoría de los cuentos dentro del realismo mágico o aquello que algunos llaman lo neofantástico —y uno que otro de ciencia ficción—. Lo importante, fuera de la terminología, es la pregunta que se desencadena al aceptar la anormalidad fantasmal: ¿Somos eternos? ¿Existe la eternidad?

Centeno permite que sus indagaciones penetren en los espacios que los fantasmas abandonaron, como si los dotaran, paradójicamente, de vida. Por otro lado, la perspectiva de los vivos los absorbe con el fin de contar sus historias a través de ellos; no solo sus historias, sino sus inquietudes profundas y salvajes. En ocasiones, los personajes piensan la muerte mimetizándose y asimilando esa forma de estática desconexión; tal parece que se dan cuenta de que los fantasmas, los atrapados en el bucle de nacimientos y muertes son ellos, aunque conserven las bondades de la carne y hueso; son partícipes de senderos dispersos e irreales.

El narrador de “Hacer las paces contigo” dicta:

Cuando el último de nosotros llegue aquí y se nos una, habremos desaparecido para siempre. Somos reflejos orbitando un solo centro vacío, el espacio que ocuparemos algún día unificados como el único fantasma posible porque la muerte lo es todo y nosotros apenas somos una parte[2]. 

Los 24 cuentos siguen paralelamente esta idea. Cada forma fantasmal obedece a una entidad colmena.  Es ineludible pensar en lo divino, en el guardián de la puerta; a su vez no pueden tomarse estos relatos como una banalización del otro lado, pues aunque la convivencia con lo paranormal sea llevadera, la incomprensión sobre ese gran salto cataliza estas disertaciones.

Es imposible no recordar el famoso monólogo de Hamlet, en donde se posibilita la muerte como un gran descanso del dolor, pero que a su vez es tan oscura que nadie se atrevía a cruzar ese umbral.

El guardián de esa puerta es la incertidumbre:

Ser o no ser, de eso se trata; si para nuestro espíritu es más noble sufrir las pedradas y dardos de la atroz fortuna o levantarse en armas contra un mar de aflicciones y oponiéndose a ellas darles fin. Morir para dormir, no más; ¿y con dormirnos decir que damos fin a la congoja y a los mil choques naturales de que la carne es heredera? Es la consumación que habría que anhelar devotamente. Morir para dormir. Dormir, soñar acaso; sí, ahí está el tropiezo: que en ese sueño de la muerte qué sueños puedan visitarnos, cuando ya hayamos desechado el tráfago mortal, tiene que darnos que pensar. Esta es la reflexión que hace que la calamidad tenga tan larga vida, pues, ¿quién soportaría los azotes y escarnios de los tiempos, el daño del tirano, el desprecio del fatuo, las angustias del amor despechado, las largas de la ley, la insolencia de aquel que posee el poder y las pullas que el mérito paciente recibe del indigno, cuando él mismo podría dirimir ese pleito con un simple punzón?[3]

En un contraste, hay renglones donde la desaparición de esta incertidumbre corrompe el espacio personal. Cuestiona la eternidad, y por ende, desacraliza y desmitifica la promesa de un paraíso y un reposo. Esto dialoga con lo planteado en Hamlet a través de quitarle a la muerte su naturaleza etérea; pero, crea otro tipo de incertidumbres, como si cada respuesta atrajese más preguntas, y con ellas, nuevos dolores. Si es verdad que somos eternos, el sentido de un flujo “cósmico”, de una consciencia, de reacciones que responden a acciones, se desvanece por el mero hecho de desconectarse del hilo del tiempo. Este planteamiento interpela la utilidad de medir y dejar constancia de la existencia. Si la eternidad es una certeza, desde el otro arco hay una mirada hacia el vacío, hacia la nada, y nuevamente, hacia el desconocimiento. Leemos en “Muerte suspendida”:

Hasta un niño sabe que la muerte no implica desaparecer; cuando mucho, uno se ausenta un par de horas. Aquella certeza ofreció seguridad por tanto tiempo, que la alternativa resulta abrumadora: quizá, por primera vez, la muerte no sólo signifique una transición, sino el fin. Por inconcebible que parezca, la gente comienza a preguntarse si esto es todo. (…) Nos quitó la eternidad. Para ellos, es incomprensible. Algunos han preparado sus armas para dispararle si sale vivo por la puerta del juzgado. Creen que así estarán a salvo. La violencia se exacerbará cuando la gente no obtenga respuesta, porque la muerte causa esa lucha cuando es una pérdida sin futuro[4].

 

Otra de las cuestiones que se desprenden es la idea del apego, la memoria de las presencias y las compañías. Se entiende que mucho de lo que recordamos es resultante de un conjunto de reconstrucciones, avaladas por matices sensoriales. La memoria sistematiza la carga del pasado, dándonos la oportunidad de relacionarnos indirectamente con aquello que ha dejado de ser y perdura desde la emoción.

Parafraseando un poco a Nora Pierre, la memoria en sí misma es un rito, y sus lugares: restos. Entrada la [no]existencia física, reposa la ausencia, que a su vez existe porque se han cultivado vínculos —materiales, afectivos— en vida. Los fantasmas recorren nuevamente un camino conocido, haciendo trueques con la realidad según convenga el cuento de turno, y determinan con estos enlaces un intento de preservar su pasado inmediato, a la espera de un reconocimiento desde el más acá.

No hablaremos de muerte a los fantasmas
no hablaremos de muerte a los fantasmas

Traté de impulsarme en dirección a mi planeta, esperando volver en minutos, en años. Deseé malgastar una vida infinita regresando al lugar de donde salí para pretender que nunca me había ido, continuar con mi vida como si la inconsciencia no la hubiese abarcado entera; como si un solo minuto me hubiera contenido, mientras me fui, y pudiera tener de frente a Víctor y no despedirme jamás[5].

 

La eternidad se parece, entonces, a una deriva; un nuevo color de incertidumbre, sin final; las historias sin finales son horizontes perpetuos, como dioses de conocimiento infinito, ajenos a lo desconocido, sin, valga la redundancia, el componente humano de la curiosidad y la inventiva. Y aquí, cuando el fantasma se ve abandonado de sí mismo, en este galopar imparable que todos parecen percibir menos él, irrumpe lo terrible y melancólico de la fantasmagoría.

A veces da la impresión de que las entidades fantasmales de Centeno están corruptas; no porque escondan un componente no benéfico, sino porque les sobra humanidad. Piensan su luminiscencia como otra carne, y a su vez quienes los perciben los antropomorfizan en su propio sentir. La proyección humano/fantasma es bilateral aunque en esencia haya algún tipo de artificialidad o no exista un ser alguno; sin embargo, la narrativa retiene estas ideas al acercarnos luctuosamente; la mirada vivaz entonces da vuelta a una imagen, como un negativo fotográfico, y hace que una playa y los momentos que la impregnan creen una nueva bisagra, como en el caso de “El Aleph está escondido en los ojos de los peces”:  

Aquí estoy en la playa, por tercera vez. Quiero sentir la brisa que el Aleph no reproduce el silencio del fantasma. La esfera en mi hombro hace un ruido semejante al de los cuerpos al interrumpir el flujo del agua, el sonido del bote en el que subió Aura antes de morir. Aura se aparece frente a mí igual que las olas que proyecta el Aleph, una reproducción que imita las cosas que ella creyó que necesitaría cuando estuviera tensa. Esta mujer frente a mí no es la Aura que debía volver de entre los muertos como lo hacen quienes tienen asuntos pendientes, quienes se hunden en las penas; porque Aura no volvió, porque ella avanzó; siguió nadando en ese fluido viscoso que es la muerte, sumergiéndose sin mí[6].

Personajes

No hablaremos de muerte a los fantasmas contiene personajes muy parecidos entre sí por tener una función primordial: permitir el nexo sobrenatural con lo terrenal. Podríamos afirmar que los personajes de Centeno obedecen a la naturaleza ritualista que intenta contactar, dialogar y darle un orden a las sombras que supone que existen en el más allá.

El rito, como el mito, es un ordenador del mundo sobrenatural y de la realidad terrestre, un formador e integrador de profundos lazos que atraviesan distintas culturas, generaciones y organizaciones antiguas, modernas y contemporáneas.[7]

Sobre esta tónica, la mayoría de los personajes, aquellos que llaman la atención por no ser un juego literario (¿a qué llamamos juego literario, al fin y al cabo?), sino una “reafirmación del yo para yo”, construyen lazos comunicativos tanto para ellos y los fantasmas. Hay un empeño que circunda en la comprensión del uno y del otro, del otro con el entorno, del yo con el pasado, del otro con el pasado, y así en adelante hasta agotar las posibilidades. Existe, en todo caso, una carencia de índole emocional —no podría ser de otra manera— o una inquietud que persigue al personaje de turno, que mayormente conlleva a la epifanía o la internalización de un vacío propio.

 

Los cuentos se construyen a través de personajes melancólicos, insatisfechos y sintientes. Son almas poéticas, quizá destrozadas, con segundas historias, que en cierta medida llegan a compadecer frente a los fantasmas, sus jueces indirectos. Un libro que aborde la muerte no puede construirse sin hablar de la vida y sus pesares. Los vivos emulan a un estado de transición, pues el fantasma se encuentra con ellos a su vez que intenta comprender qué ve a través de su ventana.

Sin embargo, este tono azul de los personajes de Centeno no se remite nada más a un humor en particular, sino a una visión que puede manifestarse, por decir un caso, a través de la ironía, la dejadez y el cansancio. En “El lugar que ocupan nuestros deseos más profundos” leemos:

no hablaremos de muerte a los fantasmas
no hablaremos de muerte a los fantasmas

 Este espacio le pertenece a G., les dije.

Algunos se acercaron a leer la placa:

«G. murió a los quince años. Molestó a todos sus compañeros. Un día intentó enfurecer a un fantasma para que matara a uno de sus profesores y el fantasma lo mató a él».

González se quedó frío, desdibujando su sonrisa tan rápido que, al girarse los demás en su dirección, no hubo otra cosa en su gesto que una impotencia inabarcable.

Dicen que G. todavía intenta matar a sus maestros, les dije. Dicen que insiste en hacer amenazas. Pero, como se habrán dado cuenta, ningún fantasma puede hacer lo que más desea.

¿Qué aprendiste hoy?, les pregunté, uno por uno, encaminándolos a la salida. El proceso casi siempre era igual. Sabía que todos volverían a la escuela y comprenderían la importancia de sus deseos más profundos, los pondrían en el lugar correcto y se asegurarían de vivir lo mejor posible.

González se quedó de pie, detrás de todos nosotros.

Él no volvería a la escuela.[8]

Los personajes no pretenden enseñar desde un punto de vista moralizante. Como se ha observado, son ventanas agrietadas, cargadas de inocencia y de adultas añoranzas aunque no tengan carencias circunstanciales. Podríamos preguntarnos qué los motiva, y la respuesta a esto solo se remitiría al contexto de cada cuento, que no son más que prolongaciones del punto de unión, como se ha fijado, en su inmersión personal hacia el abismo.

Algunos parecerán exageradamente etéreos, lo que dificultaría determinar la fuente de la fantasmagoría. Algunos flotan, tal como motas de polvo, y se asientan hasta que vuelven a ser agitadas. Otros, por su parte, se conducirán hasta un destino trágico, no siendo este el final de su historia, sino el combustible narrativo para las disertaciones que encontraremos en la obra. Como nota personal, este es un libro de diálogos, sin llegar a permear el género dramático —y algunos como “Todavía lo amas” se adaptarían bien—, que relata las bifurcaciones de saberse abandonados por la intuición primaria de inmortalidad. 

¿Pero a quién engaño? Deshacerme de las cámaras no va a salvarme. Y más importante que eso: no merezco ser salvado. Marlene volvió en pena por un maldito velo, cuando era a mí a quien le importó tanto. Me consuela saber que había podido darle lo que me pidió, y que se haya desvanecido, a seguir con cualquiera que haya sido su camino. Ella sólo necesitaba un recuerdo para mí; uno que, precisamente yo, debía crear para ella. Lo que Marlene quería era algo tan simple como el consuelo de su novio, como yo lo habría hecho por ella millones de veces si siguiera viva. Lo que ella necesitaba era que le dijera que el vestido no importaba, que el velo no importaba, que las fotos no eran necesarias, ni la boda. Sólo ella. Sí. Debí decirle eso. Pero no lo hice.[9]

no hablaremos de muerte a los fantasmas
No hablaremos de muerte a los fantasmas

Estilo

El estilo de Centeno optará en la mayor parte por un narrador homodiegético. El lugar de enunciación no puede ser pasado por alto, ya que colabora perfectamente con una intención estética de corte intimista, pues el tratado de la temática y sus variables conllevan a que la mirada siempre esté puesta de adentro hacia afuera y no al revés. Incluso, en aquellos en donde interviene el narrador heterodiegético, el punto de vista se centrará mayormente sobre un personaje y su cosmos más cercano.

A nivel de registros, se exploran unos casos particulares como narraciones de niños, cartas, llamadas telefónicas, crónicas periodísticas, relatos de sucesos, memorias, defensas de juicio, emails y diálogos. Muchos con un toque de informalidad y otros con una precisión estética que valen una segunda leída y, si yo fuese antólogo, su debida recolección para una bibliografía aparte de autores contemporáneos de habla hispana.

La construcción de la retórica es eficiente, con buen uso de la troponimia, que juega a favor de la brevedad de los cuentos. Las metáforas y los símiles recorren los tópicos antes propuestos sin entrar en formulaciones tediosas, como si fuesen bosquejos de un pensamiento mayor en desarrollo. También se ajustan al contexto de cada cuento, que aunque a veces den la impresión de que estamos en presencia de una sola forma de contar debido a la propia manera de Centeno de construir cadencialmente su prosa, salen airosos sin saturar.

Lo último es quizás una consecuencia —y una decisión— del tono. El narrador, dentro de su ficcionalidad, no evita profundizar sobre las cosas que le están pasando, pues si no le pasasen, no habría cuento; el lenguaje moviliza las ideas, haciéndolas saltar, sin dejar que se conviertan en una anécdota sin gracia.

A veces estos golpes son el propio vacío que queda al reflexionar sobre la muerte; concluir sobre ella es en sí mismo un Ouróboros, una rueda Samsárica que no escapa de una especulación incomprendida. Centeno maneja esto a la saciedad, y por su lenguaje y entramado, habrá cuentos que consuman nuestro recuerdo del otro, tanto por su nivel técnico, su artificalidad y solidez retórica.

Comentario final

(Extraído de mi comentario en Goodreads)

Cuando se habla de narrativa contemporánea, muchas veces la crítica intenta analogizar y alegorizar sus elementos, olvidándose —a veces— de que lo verdaderamente llamativo de cualquier historia es su capacidad de entregarnos posibilidades. En lo que respecta al registro fantástico, penetrar en sus códigos parece algo inconcebible, pues imaginar algo más allá del espectro referencial es tildado como un ejercicio de evasión y de irresponsabilidad con nuestro mundo; nada más falso que encasillar a la ficción en cuatro paredes de concreto.

No hablaremos de muerte a los fantasmas es una indagación sobre el más allá. Se aleja, es cierto, de los canones de la literatura fantasmal, y huye de cualquier intento por asustar en su diégesis, pues aquí los muertos se «desviven» en las consecuencias de la aceptación de un mundo fuera de la vida; el hilo que conecta los 24 cuentos.

Este es un libro azul; melancólico, adolescente y avejentado (perdonen la contradicción), soñador. Barroco en lo temático. La paranormalidad es un pincel que revela caras de la experiencia mundana y la relaciona con aquello que no puede comprenderse, ni mucho menos tocarse. Como toda antología de cuentos, hay historias que marcan una vara muy alta, y otras que por cuestiones formales parecen sobrar o que les ha faltado sacarles punta. En líneas generales, No hablaremos de muerte a los fantasmas es una obra sólida dentro de la cuentística contemporánea; algo tímida, pero con el suficiente carácter para su disfrute.

Hamlet, de nuevo, expone mejor mi percepción:

Esa región no descubierta, de cuyos límites ningún viajero retorna nunca, desconcierta nuestro albedrío, y nos inclina a soportar los males que tenemos antes que abalanzarnos a otros que no sabemos. De esta manera la conciencia hace de todos nosotros cobardes, y así el matiz nativo de la resolución se opaca con el pálido reflejo del pensar, y empresas de gran miga y de mucho momento por tal motivo tuercen sus caudales y dejan de llamarse acciones.[10]

 

Bibliografía y referencias

[1] Centeno, Daniel. No hablaremos de muerte a los fantasmas. Casa futura ediciones, 2021. p. 10. Edición digital

[2] Ibid 1. p. 117. Edición digital

[3] Shakespeare, William. Hamlet, en Tragedias, Obras completes II. Penguin Random House, 2016. p. 322. Edición digital

[4] Ibid 1. p. 85. Edición digital

[5] Ibid 1. P. 47. Edición digital

[6] Ibid 1. p. 41. Edición digital

[7] Florescano, Enrique. Función social de la historia. Fondo de cultura económica, 2012. p. 125. Edición digital.

[8] Ibid 1. p. 25. Edición digital

[9] Ibid 1. p. 34. Edición digital

[10] Ibid 3. p. 322. Edición digital

Ilustraciones de Malefica Craft y Charlotte

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