Las corrientes fantásticas parecen estarse desligando del lastre colectivo de pertenecer a una literatura menor. Con el pasar de los años, las poéticas utilizadas para ficcionalizar los mundos posibles han mutado en una especie de amalgama fronteriza, que muy poco tiene que ver con las formas clásicas y aristotélicas de contar una historia; aunque, por más fronterizas que parezcan, los elementos referenciales continúan apareciendo como si se reescribieran sobre la base de su propio contexto.

Cuando las excepciones rebasan en cantidad a las reglas, lo lógico sería su recolección con viras a reestablecer algún tipo de análisis crítico. Ya la vanguardia y el Boom nos enseñaron la lección: la literatura es un ser polivalente que camina erguida tanto de piernas como de manos; y a veces ni camina: se arrastra como una caracola, dejando baba por donde va.

Dentro de la literatura fantástica los fenómenos de desnaturalización de lo cotidiano o de la maravilla mágica son apenas rasgos visibles que establecen, al menos en primer grado, sistematizaciones de su funcionamiento. Ya Todorov hablaba de esto en su Introducción a la literatura fantástica, y seguidamente lo hizo David Roas o Rosemary Jackson. Al menos, desde su particular, concuerdan que el fantástico es una posibilidad no mimética de la imaginación, que se mueve tanto en pulsiones mitopoéticas o en referencialidades ilusorias de la realidad. Lubomir Doležel podría decirlo mejor que yo:

Un mundo ficcional se presenta como un conjunto de particularidades ficcionales componibles, caracterizados por su propia organización global y macroestructural. La estructura y la especificidad son aspectos complementarios de la individualización del mundo. (Mímesis y mundos posibles 81).

Los dominios de la imaginación fantástica se ven trastocados cuando los ejercicios de especulación comienzan a fundirse.

Si bien una idea puede estar dotada de cierta independencia del referente “real”, la misma flota como un conjunto de métodos narrativos e imaginativos que llevan al lector a (re)construir una posibilidad entre muchas, entendiendo que el referente espejo no es menos ficcional que aquel que no tiene referente. La ficción es una puerta sobre puerta.

Comentar una obra como Crónicas del fin, según mi punto de vista, presupone un reto para el entusiasta literario de fantasía por su mezcla de referentes identificables en nuestro mundo posible, además de su tradiciones narrativas entrecruzadas, sobre todo aquellas donde la imaginación, en una concepción lingüista y arquetípica, es la que tira de los hilos. Para estos temas, Doležel vuelve a darnos un punto de partida:      

Un mundo mitológico es una estructura semánticamente homogénea, constituida por la coexistencia de dominios naturales y sobrenaturales. Los dominios están separados por rígidas fronteras, pero al mismo tiempo están unidos por la posibilidad de contactos inter-fronterizos. (Mímesis y mundos posibles 87).

Por ende, quizá, lo natural en la ficción es precisamente la desnaturalización del referente, y en la fantástica se orquesta desde una apertura hacia lo sobrenatural, lo mágico e inexplicable. Puede que Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina hayan añadido una nueva brecha para un acercamiento reflexivo sobre cómo debe pensarse la fantasía en estas primeras dos décadas del siglo XXI.

Primera refutación: Claro, también puedo estar exagerando sobre una obra que me ha gustado muchísimo.

Los autores

Sin mucho rodeo, Crónicas del Fin fue escrita por par de pesos pesados del fantástico en español. Con varias obras en su haber, queda claro que se han movido por estas tierras desde hace algún tiempo, cultivando un panorama que parece balancearse sobre sus plumas.

Gabriella Campbell, nacida en el Londres de los 80ta, es licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Trabajó en radio y traducción, y fue ganadora del Premio Ignotus de Poesía 2006. Fue secretaria de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror de 2006 a 2008, además de columnista de la revista Tierras de Acero. Ha publicado el libro de cuentos fantásticos Lectores aéreos, El fin de los sueños, El día del dragón en colaboración con Cotrina, el manual de estilo 70 trucos para sacarle brillo a tu novela y Crónicas del fin, editada por Alethé.

Es conocida también por conducir la web Gabriella Literaria, donde constantemente reflexiona sobre el oficio de escribir, los vericuetos de la productividad, motivación y el mundo editorial desde su perspectiva.

José Antonio Cotrina, nacido en España por allá en los 70tas comenzó a publicar relatos a principios de los 90tas. Su primera novela, Las fuentes perdidas, fue publicada por la ya desaparecida Factoría de ideas en el año 2003. De allí siguió La casa de la Colina Negra (Alfaguara), la trilogía El ciclo de la Luna Roja, La canción secreta del mundo (ambas con la editorial Hidra) y El fin de los sueños, junto a Campbell.

Ambos son responsables de Lo extraño y maravilloso, un portal dedicado a reportar las novedades del fantástico en el mundo.

Argumento y eje temático

Crónicas del fin fue en sus inicios una serie de cinco novelas cortas: El cielo roto, El dios en las alturas, Testamento, El ojo de la tormenta y Réquiem. Cada una, a excepción de Réquiem, contaba la historia desde el punto de vista del héroe de turno. Alethé decidió editarla en una novela, por lo que la continuidad en bloque ya no se ve diezmada por la interrupción de la trama. La obra en sus inicios se movía a la par del tono cinematográfico, con un ritmo episódico tal como un comic dominical. Podría definirla, a riesgo de equivocarme, como una novela gráfica de puro texto.

El argumento gira en torno a dos premisas. La primera nos habla de una grieta dimensional que se ha abierto en los cielos por la que han entrado un sinnúmero de bestias; y con ellas, un montón de fenómenos que desencadenan sucesos inexplicables, tales como mutaciones o magia. Es un proceso de terraformación hostil y constante de las leyes lógicas de la física y de la comprensión. 

En este contexto, la segunda premisa sigue el viaje de Adra, la heroína, en la búsqueda de vengarse de los asesinos de su madre, y su encuentro con Gale, quien también desarrollará un viaje de descubrimiento de su pasado y su papel en el mundo. 

Con las flechas claras, la deformación de lo natural nos introduce en el concepto de la grieta y el contacto con la otredad; aquel pasillo por el que la concepción de tiempo, espacio y normalidad se ve rota por lo inexplicable. En este sentido, lo inexplicable entra en contacto con lo monstruoso y lo grotesco; el paso hacia el mundo mágico, o la absorción en este caso, es una variante más Lovecrafniana de lo que comúnmente se conoce como el camino hacia feérico; puertas mágicas hacia otro mundo o la perturbación de los sentidos que dan a entender un “algo más allá” del bosque, de los límites.

Como ejemplo de esto, recordamos a Los nueve príncipes de Ámbar (1970), de Roger Zezlasny, Las crónicas de Narnia (1950), de C. S. Lewis o Sueño de una noche de verano (1595), de William Shakespeare. Estas puertas (bosques, armarios o carreteras) son el principal conducto para que lo extraño y lo fantástico trasgredan con aquello que quieren desfigurar. Esto, claro está, hablando desde una cara benéfica, que por lo general se atiene a la maravilla incluso en sus situaciones más peligrosas, pues aunque puede estar latente la sensación de nunca volver al mundo ordinario, los arcos heroicos nos conducen al retorno del equilibrio.

Crónicas del fin juega al mismo patrón, acercándose más a una tradición fantástica donde la irrupción a gran escala de la magia perturba y asesina el mundo como se le conoce. Siendo más preciso, son los agentes fantásticos quienes cruzan el umbral, sirviendo también como un continuo conducto para el horror. Tal como el acto de dormir puede llevar a sueños placenteros, también la pesadilla puede penetrar en estas oniricidades y moldearla a su antojo. Esta interdependencia de fenómenos hace que la obra se debata entre los lindes de una fantasía de terror o una fantasía apocalíptica/maravillosa. Me inclino por la primera, pues no deja de ser una obra donde la magia solapa a la ciencia, en constante conflicto con la idea de que este nuevo/viejo mundo puede matarte. No hablamos del fin de la humanidad, sino de un cambio de paradigma drástico donde lo mágico prevalece y el mañana es incierto. En este caso no hay nada que cause más pánico que la incertidumbre:

Lo que cae se abre camino a través de la grieta. En un momento de delirio, Alberto se pregunta si la grieta se abre de norte a sur o de este a oeste. Laura solía reírse de su falta de orientación. «Te perdiste ese episodio de Barrio Sésamo», le decía. Y recuerda lo mucho que la ama, a pesar de que su sentido del humor es malo, facilón y a veces cruel. No quiere perderla. No, se dice, el final está lejos. Todavía muy lejos. Las sombras caen del cielo. Oscuras, grasientas. Algunas tienen alas. Algo enorme choca contra un edificio cercano, una de las torres altas de la avenida. Una lluvia de ladrillos salpica el coche que está a la izquierda del Ford de Alberto. Una sombra trepa por la fachada dañada. Debe de ser una película, un sueño, un viaje de drogas. No puede estar pasando. La sombra trepadora es un escupitajo negro con patas largas articuladas y garras que atraviesan los ladrillos como si fueran de mantequilla. Arrastra tras de sí una cola bífida. (Campbell y Cotrina 8). 

 

Para los cruzados y otros muchos, ella era un monstruo, una criatura no muy diferente a los engendros que habían llegado a través de la grieta o a los seres que los leviatanes generaban de manera espontánea. No era cierto: los contaminados no eran monstruos, los contaminados eran, simplemente, gente con mala suerte, personas que, como la tierra que habitaban, se habían visto afectadas por la magia nociva que los colosos del cielo habían traído consigo. (Campbell y Cotrina 23).

 

La morfología de estas otredades matizará la novela de principio a fin. Desde el descubrimiento de un pequeño elemento, hasta las relaciones interpersonales de sus personajes, estarán permeadas por el hilo conductor de la muerte, la desgracia y la miseria. “No preguntes por quién doblan las campanas. Están doblando por ti”, decía John Donne en sus Devociones. Esta idea de mortalidad es el pivote de construcción macrocósmica del Demiurgo destinado a esta historia. La interconexión del mundo parece respirar, y todo lo que respira podría llevarte más cerca de la locura o en su defecto a la tumba. Una idea, repito, bastante arraiga al imaginario de Lovecraft o a la dupla King/Straub: la multiplicidad de la colmena.

 

Un árbol vivo le cuchicheó algo en la distancia, pero no le prestó atención, estaba demasiado lejos como para caer bajo su influjo. La luz del atardecer se abría paso entre las ramas y espolvoreaba de tonos dorados su camino. El bosque olía a muerte añeja y a aguas estancadas (Campbell y Cotrina 13).

 

 Los edificios que no se habían venido abajo se alzaban en el crepúsculo como tumbas gigantescas, monumentos a un mundo desaparecido. Un rascacielos de cristal sobresalía en el centro de la ciudad muerta, recubierto por la telaraña babosa de un aracnonte. En la distancia, Adra pudo distinguir el esqueleto de un gigante de extremidades múltiples adherido a la red. Un sinfín de automóviles se oxidaba en las carreteras, entre légamo y asfalto fundido. Las ciudades muertas eran peligrosas, no era inteligente entrar en ellas. Adra había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho (Campbell y Cotrina 14).

Por añadidura, cada episodio estará precedido por un prólogo que funciona como un cuento independiente. Marcan el paso de la aparición de la grieta, la pugna tecnológica, la fundación de las nuevas sociedades y el pasado de algún personaje. A su vez, la trama persigue una dinámica lineal y un contexto focal al héroe de turno hasta el final de los conflictos presentados. Como ya he dicho, Campbell y Cotrina imprimieron dotes cinematográficas a lo largo y ancho de esta narrativa; cada giro argumental viene acompañado de una nueva tensión y una pronta resolución. Al haber sido concebida como una obra por entregas, los momentos de suspenso parecían más que justificados. Al unificarse, si bien mantienen el vilo coherente fuera del morbo, se desinflan y pasan a ser parte del argumento principal.

Como mucha de la fantástica contemporánea no tiembla en el uso de la ironía y de lo grotesco en sus imágenes, y quizás en exceso. La violencia es una consecuencia del tono mortuorio; es incómoda y abrumadora, como se ha planteado desde sus primeras páginas y es fiel a eso hasta sus últimas líneas. No escapa a otras vertientes más tradicionalistas —rastreables en Glen Cook, si me preguntan— sino que las reivindica a su manera.

Segunda refutación: En realidad no hay nada que reivindicar.

Personajes        

Hay variopintos; los secundarios como Décima y Angie son personajes completos, entrañables y bien construidos hasta donde les toca su papel. La participación de ambos en el avance de la aventura es crucial y no están puestos al azar.  

El meollo del asunto está en Adra y Gale. Crónicas del fin es la historia de ambos.

Adra es la protagonista de El cielo roto y Testamento. Desde las primeras páginas nos pone en claro su situación de cazadora intrépida. Sus habilidades de supervivencia la hacen una guerrera excepcional, y su pesimismo latente hace que su raciocinio se involucre mayormente en sus decisiones. No es un personaje que esté construido desde cero; no hay una zona de confort de la cual se haya sacado. Es una superviviente que se relaciona con el mundo de la misma manera en la que este se relaciona con ella. Sus primeras apariciones son en tono de guerra, de buscadora, atenta, paciente. Podríamos observar algunos rasgos heredados del prototípico explorador de una partida de rol.

Dentro de sus pensamientos, su impulso principal es vengarse de aquellos que mataron a su madre y destruyeron su aldea. Recuerda sus rostros y sus nombres. Es una coraza andante, además de ser un contaminado con una habilidad particular: revivir a los muertos por breves periodos de tiempo antes de que estos se transformen en monstruos.

A lo largo de las novela, vemos que debajo de toda esa dureza y ese afán de sangre hay un personaje que está sufriendo los embates de la soledad, del cansancio y del deterioro de su propia vida en un mundo que no va a mejor.

El anhelo del hogar. Adra es un personaje que ha perdido de vista Ítaca, que no tiene el favor de los dioses; solo le quedan las historias y su nostalgia. Ha escuchado, por palabras de su padre, las parábolas de un planeta azul, diferente, que estaba hasta cierto punto en armonía. Adra es como un pordiosero que no ha tenido la oportunidad de surgir; su contacto con el universo no ha sido más que pelea tras pelea y una derrota tras derrota. Hay un vacío parental tangible, y más que parental, familiar —rasgos comunes con una Telemaquia—. Lo único que parece mantenerla cuerda es Winston, un galgo inteligente que la acompaña a donde va.

Hay que decirlo. Adra es un personaje con un arco de crecimiento completo: 

Y pensó en los telones que se desplegaban para cerrar los espectáculos de otros tiempos. Pensó en la caída de la noche, de la última noche, tras la que ya no habría amanecer. Pensó en la tierra que ciega a los sepultados, pensó en el gigante azul que buscaba a su padre, en la medusa que gritaba cuando la llevaban a la muerte; pensó en crepúsculos, en finales, pensó en la nada y en el olvido. Pensó en el agujero infinito que se abría dentro de ella. (Campbell y Cotrina 370). 

Gale es el protagonista de El dios en las alturas y  El ojo en la tormenta. Como personaje es mucho menos dinámico. Los pasajes dedicados a él tienden a ser reflexivos; Gale es un corcho en medio del mar, es vapuleado de aquí para allá por algo que desconoce. Al igual que Adra, tiene un conflicto con sus memorias y su origen. En muchas ocasiones parece ser un Ávatar del propio lector, pues algunas de sus decisiones son muy humanas, y esto engloba también el lado no benéfico de esta condición. Atrás de esto, se observa un afán por sobrevivir a toda costa, acarreando preguntas sobre el valor que todos ponen en él; un optimismo disfrazado de cansancio y hastío: 

Gale envidió la felicidad que parecía rodearlo. Siempre había intentado mantener una actitud positiva, mantener el optimismo hasta en las peores circunstancias, hasta caer incluso (y esto lo admitía ahora) en el autoengaño. Gale opinaba que si las circunstancias eran terribles, había dos maneras de reaccionar: deprimiéndose o aferrándose a la esperanza. Si el sufrimiento estaba ahí fuera, ¿qué sentido tenía añadirle sufrimiento interno, propio? Consideraba que su actitud era mejor que la de Adra, peleada con el mundo, o la de Décima, que parecía haber construido un muro cínico entre el resto del universo y ella. Se preguntó si los habitantes de Arca no tendrían la misma forma de pensar que él (Campbell y Cotrina 282).

A diferencia de Adra, no consta con habilidades para la batalla. Su fuerte, quizá, son sus propios pensamientos; problemas que deja sin resolver al menos en esta serie. Gale es una víctima de la privación de libertad, que apenas vuelve a relacionarse con los fenómenos que giran a su alrededor. La duda como elemento latente hace que nos recuerde —salvando diferencias— a un Hamlet en pleno crecimiento; un muchacho que ha salido de su contexto habitual para enfrentar las vicisitudes del mundo adulto, de un mandato al que continuamente escapa por la inactividad y el desasosiego. 

Estilo

Crónicas del fin presenta un narrador heterodiegético con foco en un héroe según el arco, alternándose entre ellos hasta Réquiem, donde se alterna ahora entre capítulo y capítulo. Esto conlleva a que el lenguaje mute según el punto de vista, una técnica que ya ha agarrado auge en el fantástico contemporáneo.

Las acotaciones son abundantes, sobre todo aquellas donde el personaje argumenta para sí mismo. Parece volcarse sobre el yo, la introspección y la relación espacio temporal, que a su vez construye el mundo a medida que lo va “reconociendo” como parte de sí mismo y de su presente. 

Los diálogos son ágiles, muy cercanos a los que encontramos en la mayoría de las series de televisión del género, cuya velocidad, vocabulario y poca pulcritud empapa cada una de las intervenciones. No hay ningún tipo de arcaísmos o algo que no diría alguien fuera de su personalidad. En términos de valoración, queda de cada lector rechazar o abrazar estos parlamentos.

La fuerza de Crónicas del fin está en la narrativa. El lenguaje es rico por el uso de la prosopopeya, las metonimias, las metáforas, símiles, figuras retóricas y tropos. Los recursos de Campbell y Cotrina lograron una perfecta conjunción al lograr un estilo lóbrego, melancólico y descriptivo, lo cual, como ya he dicho anteriormente, juega a favor de la poesis y la demiurgia. La temática se empalma con el lenguaje, con su cuidado, como si cada pieza salida del narrador estuviese pensada a sembrar futuros brotes de concreción y solidez. Las imágenes estallan, como si un pincel sinestésico dibujase entre página y página.

Con todo esto, el lenguaje no resulta recargado, sino exacto, alejándose de la inclinación actual —decadente a mi parecer— de huirle al adjetivo o a la limpieza estética en la fantasía. Los pasajes son cristalinos, envolventes, emocionales y llaman continuamente a evocar miasmas y humores oscuros; incluso, a recitarlos en voz alta por su cuidado. No me atrevería a decir que hay verso blanco acá, mas sí afirmo que hay una intención por sacarle filo al lenguaje por encima del argumento. Es una novela que se deja leer de un tirón, y ojalá fuese por su simpleza; se nos presenta un trabajo hermenéutico consciente y a cuatro manos; una concepción clara del narrador que debe contar esta historia.

Más allá aguardaba la desolación. Un bosque envuelto en gases se elevaba en el norte: una niebla fosforescente, nociva a todas luces, rodeaba a los árboles, que se entrelazaban unos a otros como si intentaran estrangularse; una llanura de cristal protegía el este: el terreno parecía irregular, repleto de grietas y quebradas; al sur y al oeste se abría una extensión desértica de sal azulada, sobre la que se balanceaban fragmentos de islas flotantes. A lo lejos se intuía un promontorio rocoso, una mole escarlata salpicada de protuberancias. Gale entrecerró los ojos y aguzó la vista. Eran cañones: alguno tan grande que podía distinguirse desde Arca (Campbell y Cotrina 283).

Dunsany, Morris, Cook y Tolkien dicen presente. Desde que se ha puesto de moda renegar la tradición del fantástico, no vemos sino sombras y acepciones vagas sobre lo que es escribir fantasía, muchas ellas de autores consagrados al menos en un canon de ventas (es contigo, Abercrombie), como si escribir cualquier cosa no fuese un acto de recopilación —y apropiación— de imaginarios. Yo no sé si la literatura fantástica debe inclinarse hacia la solemnidad, pero aquella que creo que puede superar la barrera del aplauso fácil tiene algo de eso: la búsqueda de una conmoción encriptada en el “qué se cuenta” y en el “cómo lo cuento”.

Esta obra se mueve por esos tintes. Y se nota.

Tercera refutación: Sí. Hay también cuotas de llevar la obra a un ritmo cinematográfico y audiovisual. Trabaja en esa ambigüedad entre la violencia por la violencia y la literatura por la literatura. Queda del tiempo y del estudio posterior de poéticas del fantástico contemporáneo revisarlas en otro momento.

Comentario final

¿Es Crónicas del fin una buena obra literaria? Sin duda.

En la fantástica, en sus crisis y aciertos, se observa un sesgo que nunca se aproxima a darse el valor que se merece. Se entiende, por error, que el género no es capaz de explotar sus recursos para convertirse en una pieza de la que pueda comentarse en términos académicos, y más que académicos, en términos estéticos y artísticos. Llamémosle el síndrome del fandom, que le rehúye siempre a la crítica como un adolescente en plena pubertad, que no acepta que incluso en las historias más violentas hay una construcción artificial, que no siempre está del lado del mero entretenimiento.

Bajo este sesgo también se escriben muchas cosas que no dejan sabor más allá de su Hype, limitadas a su tiempo y a una promoción vacua por redes sociales. La literatura, la buena literatura, la que molesta, de la que puede comentarse y discutir, no está pendiente de tal y cual cosa; existe bajo ella misma, bajo sus cimientos, y crece a medida en que su contenido, fuera de aleccionar, se inserta en nuestro vocabulario, en nuestras referencias; para luego, obvio, alimentar a otras referencias en una sincronía casi algorítmica.

Pienso que hay que tomarse en serio a la literatura fantástica. Campbell y Cotrina se la tomaron así en esta novela. Fuera de las dosis de acción, aventuras, giros y peripecias argumentales, hay en Crónicas del fin un afán, una búsqueda, una inquietud por abordar la melancolía, la soledad y la consciencia de los límites a través de los tópicos que nos brinda aquello que nos horroriza, nos sorprende y nos recuerda la propia mortalidad: el mundo transitorio.

“Cada vida es una crónica hacia el fin”, nos dice Décima. ¿Qué podemos hacer con eso? Si una novela fantástica es capaz de dejarnos esa pregunta al aire, entonces, para este servidor, es una obra que vale la pena revisar con consciencia y, sobre todo, disfrutarla con diligencia.

 

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