La literatura fantástica se rige de ciertos cánones para funcionar dentro del contexto de una obra narrativa. Muchos de estos recursos se ven plasmados en ese momento de ambigüedad y duda del que nos habla Todorov en su Introducción a la literatura fantástica, que en pocas palabras ha servido para clasificar —de momento— ciertas obras latinoamericanas con esta propuesta. 

Más allá de técnicas estructurales, estos elementos son más cercanos a lo sobrenatural, lo extraño y lo grotesco, puesto que dichos valores se deshacen del rigor metafórico y, valga la redundancia, adquieren una consistencia más tangible según sea el caso. 

Como ya lo he dicho en algunas otras ocasiones, la literatura fantástica es un mutante que prefiere moverse en la narrativa breve, a menos que la normalización de los elementos extraños dé pie a otros hechos extraordinarios, como podría ser el caso de Vathek, de William Beckford

De acá bebe Carlos Fuentes y Aura, la novelleta más conocida del autor mexicano, plagada de imágenes que nos recuerdan, dentro de un espectro muy latinoamericano, a Edgard Allan Poe, Hoffman y Lord Dunsany.

Aura y la novela corta 

Esta obra se caracteriza por tres factores que parecen complementarse conforme avanzamos en su lectura.  

Lo primero que saltará a la luz será el narrador, el enunciante. El flujo de las palabras con el que Fuentes nos arrastra en Aura se pliega sobre la segunda persona. ¿Quién es en realidad Felipe Montero? No es más que un avatar, un reflejo de alguna consciencia lectora, catalizador principal de la máquina ficcional; un presente y futuro que van de la mano con nuestros sentidos. 

Lo segundo que notamos es la carga de la prosa. El lenguaje figurado comienza adquirir significado alejado de las metáforas, puesto que comienzan a perturbar la racionalidad del lector y, por lo tanto, de Felipe.

Aura Carlos Fuentes 2020
Aura Carlos Fuentes 2020
Aura Carlos Fuentes 2020

La tercera característica rodea a las dos primeras. Aura es una novelleta o novela corta. Según la edición, nos encontraremos con un manuscrito de diez, doce mil palabras aproximadamente. Algunos teóricos catalogarían esta obra como un cuento largo o relato. 

Aura se mueve dentro de un punto de vista único, elemento indispensable para una novela corta; más allá del número de caracteres, lo que toca aquí es la compresión de detalles, la poca digresión y las viñetas que el lector puede llenar. No hay espacios vacíos de tiempo. Incluso la parquedad descriptiva juega a favor del pacto ficcional.

Los objetos parecen tomar otra naturaleza, convertirse en una sombra de lo que en realidad fueron. Se alinea a las premisas de sus congéneres Cubagua, de Enrique Ricardo Núñez; Luna Caliente, de Mempo Giardinelli; y Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Esa brevedad, de lírica excelsa, precisa lo meramente importante y desecha lo circunstancial por defecto.

Aura y el fenómeno fantástico

Ricardo Piglia dice en su Tesis sobre el cuento:

El cuento es un relato que encierra un relato secreto. No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.

Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento. 

En resumidas cuentas, contar con pericia, desglosar, uno a uno, los elementos que causan tensión. La síntesis de estos elementos viene adherida a los símbolos.

Entendamos que el núcleo principal de la literatura fantástica clásica es generar duda, desconcierto, miedo y consternación ante un hecho, sin llegar a dilucidar la veracidad del mismo. Esto da pie para lanzar un manojo de pinceladas atrapadas en las moscas del propio Felipe. Dependemos únicamente del héroe para ver el mundo y sus cauces. A veces pareciera que todo actúa como cualquier relato policial: pistas y claves escondidas. La diferencia está en que dichas pistas podrían o no existir. No hay respuesta clara como parte del juego narrativo.

¿En qué momento aparecen estas fichas de lo fantástico? Carlos Fuentes comienza a moverlas desde el primer párrafo: 

LEES ESE ANUNCIO: UNA OFERTA DE ESA NATURALEZA no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Tú releerás. Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recamara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Solo falta tu nombre. Solo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales.

La duda se embarca para Felipe al encontrar el anuncio en un periódico local; calco exacto de su vida. La casualidad comienza a esconderse entre lo cotidiano y tirando de la realidad del héroe. Se reafirma al encontrarse el anuncio por segunda vez, y ante la interrupción de su rutina, Felipe abre la posibilidad de que la verosimilitud juegue en contra de la propia curiosidad del lector.

Aura Carlos Fuentes 2020

Tocas en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita, suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inútilmente de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado.

La literatura clásica habla de portales, de pasajes que nos conducen hacia lo extraordinario. Vladimir Propp describe este “salto” en su Morfología del cuento

Felipe cae en cuenta de lo inconexo de esta casa con el mundo. Se produce un dejo de duda al tocar la manija. La cabeza de perro sonríe; deforma lo que es real. La calle se lapida a sí misma; otro indicios de que estamos ante algo sobrenatural e inhumano. 

La aproximación al portal rompe de una vez la relación de Felipe con su pasado y con lo ordinario, a pesar de que intente en algunos pasajes traerlo de vuelta mediante la insistencia de trabajar desde su hogar. 

Un elemento que camina con el imaginario es la figura del patrón/matrona de la casa. A nuestra mente acude el más famoso de todos: Drácula. Todo el poder sobrenatural parece provenir de su boca y de sus acciones; nada en esa casa se movería si no es por su voluntad. 

Con un par de guiños, Carlos Fuentes construye el puente del mundo ordinario hacia lo desconocido. Y es que esta es una novela de guiños para cualquier persona sea o no versada en el género. No se habla de espantos. En este caso lo sobrenatural es tangible. Quizá, y me aventuro, es por la relativa facilidad con la que el imaginario latinoamericano acepta los hechos milagrosos. A lo largo del continente, es más que familiar el dejar ciertas cuestiones —incluso el destino de países— a la buena y gracia de los santos.

Atemporalidad: influencia sobre el lenguaje en Aura 

Pero ella se aparta del contacto de tus manos, mantiene las suyas sobre el regazo, al fin levanta la mirada y tú vuelves a dudar de tus sentidos, atribuyes al vino el aturdimiento, el mareo que te producen esos ojos verdes, limpios, brillantes, y te pones de pie, detrás de Aura, acariciando el respaldo de madera de la silla gótica, sin atreverte a tocar los hombros desnudos de la muchacha, la cabeza que se mantiene inmóvil. Haces un esfuerzo para contenerte, distraes tu atención escuchando el batir imperceptible de otra puerta, a tus espaldas, que debe conducir a la cocina, descompones los dos elementos plásticos del comedor: el círculo de luz compacta que arroja el candelabro y que ilumina la mesa y un extremo del muro labrado, el círculo mayor, de sombra, que rodea al primero. Tienes, al fin, el valor de acercarte a ella, tomar su mano, abrirla y colocar el llavero, la prenda, sobre esa palma lisa.

Si tuviese que nombrar una cualidad de los efectos fantásticos sería su maleabilidad en cuanto al ritmo. Lo fantástico permite en gran medida salirse del cuadrado, de las formas de medición más comunes. Ejemplos de esto pueden encontrarse en gran parte de la obra de Borges (El Aleph, El libro de arena) donde lo infinito y el tiempo son temas recurrentes. La no distinción del pasado, presente o futuro, y la incapacidad del ser humano de aceptar la eternidad como plausible, generan un desconcierto, quizá, por ser minúsculos ante el flujo de los multiversos. 

En cuanto a Aura, la atemporalidad está presente en el narrador, que por momentos conduce el paso de Felipe por toda la casa como si predijese, cual adivino, sus movimientos. Hilvana de alguna manera sus reacciones y pensamientos. Quiero ser subjetivo en este punto. ¿Es libre de aquella voz? ¿La mera ilusión de libertad se disipa en el momento en el que lee el diario?

Aura Carlos Fuentes 2020
Aura Carlos Fuentes 2020

Claramente podríamos inferir que esta voz narrativa es la de Consuelo, cuyas artes esotéricas han alcanzado tal nivel de control que actúa sobre su propio personaje (metadiégesis, quizás). Este movimiento adrede calza con la inmortalidad que busca Consuelo; no sigue las reglas de lo transitorio. La atemporalidad es el resultado del ritual iniciado por el narrador. 

Lo abrumador como hecho fantástico y su resolución 

Hay tres puntos de la novelleta que considero claves para el éxito de la obra. Si bien ese vaivén de tiempos pasados, presentes y futuros nos ha mantenido en vela, la verdadera anagnórisis está al encontrarse cara a cara con lo fútil de escapar del destino. 

Podría dividirlo en: 

  • Encuentro con lo fantástico
  • Renuencia a lo fantástico
  • Aceptación de lo fantástico

Fuera de las primeras sospechas de Felipe o de las pistas que nos va dejando la obra, encontramos un par de casos en los que el encuentro con lo fantástico genera horror más allá de las dudas: 

La encuentras en la cocina, sí, en el momento en que degüella un macho cabrío: el vapor que surge del cuello abierto, el olor de sangre derramada, los ojos duros y abiertos del animal te dan nauseas: detrás de esa imagen, se pierde la de una Aura mal vestida, con el pelo revuelto, manchada de sangre, que te mira sin reconocerte, que continúa su labor de carnicero.

Le das la espalda: esta vez, hablarás con la anciana, le echarás en cara su codicia, su tiranía abominable. Abres de un empujón la puerta y la ves, detrás del velo de luces, de pie, cumpliendo su oficio de aire: la ves con las manos en movimiento, extendidas en el aire: una mano extendida y apretada, como si realizara un esfuerzo para detener algo, la otra apretada en torno a un objeto de aire, clavada una y otra vez en el mismo lugar. En seguida, la vieja se restregara las manos contra el pecho, suspirara, volverá a cortar en el aire, como si — sí, lo veras claramente—: como si despellejara una bestia.

Corres al vestíbulo, la sala, el comedor, la cocina donde Aura despelleja al chivo lentamente, absorta en su trabajo, sin escuchar tu entrada ni tus palabras, mirándote como si fueras de aire.

De más está recalcar al macho cabrío como entidad pagana. Con lentitud, Felipe se da cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Se permite dudar luego de observar a Consuelo en la misma actitud de Aura, pero ese dejo de escepticismo es lo que lo impulsa a comprobar y abrir la puerta de lo imposible dentro de su cabeza. 

Aura Carlos Fuentes 2020

Hay un contraste entre lo que considera real y lo que considera fantasía

Una vez que sus constructos se derrumban, ya ni razona, a pesar de su erudición, que la chica está siendo controlada por la matrona. Está atrapado por un fenómeno incomprensible, grotesco y abrumador. 

La renuencia de lo fantástico llega justo en el momento en el que Felipe cae presa del pánico. Experimenta aquí una vorágine de sensaciones que no puede explicar; es su paso por el bosque, por el camino oscuro, lleno de ramas esqueléticas que lo intentan arrastrar a la locura:

Subes lentamente a tu recámara, entras, te arrojas contra la puerta como si temieras que alguien te siguiera: jadeante, sudoroso, presa de la impotencia de tu espina helada, de tu certeza: si algo o alguien entrara, no podrías resistir, te alejarías de la puerta, lo dejarías hacer. Tomas febrilmente la butaca, la colocas contra esa puerta sin cerradura, empujas la cama hacia la puerta, hasta atrancarla, y te arrojas exhausto sobre ella, exhausto y abúlico, con los ojos cerrados y los brazos apretados alrededor de tu almohada: tu almohada que no es tuya; nada es tuyo…

Caes en ese sopor, caes hasta el fondo de ese sueño que es tu única salida, tu única negativa a la locura. “Está loca, está loca”, te repites para adormecerte, repitiendo con las palabras la imagen de la anciana que en el aire despellejaba al cabrío de aire con su cuchillo de aire: “…está loca…”, en el fondo del abismo oscuro, en tu sueño silencioso, de bocas abiertas, en silencio, la verás avanzar hacia ti, desde el fondo negro del abismo, la verás avanzar a gatas.

En silencio, moviendo su mano descarnada, avanzando hacia ti hasta que su rostro se pegue al tuyo y veas esas encías sangrantes de la vieja, esas encías sin dientes y grites y ella vuelva a alejarse, moviendo su mano, sembrando a lo largo del abismo los dientes amarillos que va sacando del delantal manchado de sangre: tu grito es el eco del grito de Aura, delante de ti en el sueño, Aura que grita porque unas manos han rasgado por la mitad su falda de tafeta verde, y esa cabeza tonsurada, con los pliegues rotos de la falda entre las manos, se voltea hacia ti y ríe en silencio, con los dientes de la vieja superpuestos a los suyos, mientras las piernas de Aura, sus piernas desnudas, caen rotas y vuelan hacia el abismo… 

No se nos habla de miedo, ni de pánico en ningún momento, pero la carga emocional de Felipe es tan densa como las reiteraciones aplicadas en este pasaje de prosa añeja.

La negación de que algo maligno está ocurriendo se superpone, como los dientes putrefactos, a la racionalidad, a manera de ilusión. Esta se asemeja a una parálisis de sueño o terror nocturno.

Al despertar Felipe, suena la campanilla de la cena. La renuencia sigue allí e intenta asistir al llamado, mas no puede olvidar su propio temor. Habrá un par oportunidades en los que vuelva a estarlo antes de entrar en la tercera fase: la aceptación de lo fantástico.

Pegas esas fotografías a tus ojos, las levantas hacia el tragaluz: tapas con una mano la barba blanca del general Llorente, lo imaginas con el pelo negro y siempre te encuentras, borrado, perdido, olvidado, pero tú, tú, tú.

La cabeza te da vueltas, inundada por el ritmo de ese vals lejano que suple la vista, el tacto, el olor de plantas húmedas y perfumadas: caes agotado sobre la cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has llevado durante veintisiete años: esas facciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado. Escondes la cara en la almohada, tratando de impedir que el aire te arranque las facciones que son tuyas, que quieres para ti. Permaneces con la cara hundida en la almohada, con los ojos abiertos detrás de la almohada, esperando lo que ha de venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo.

La atemporalidad y la renuencia a ella se combinan para la fase de aceptación. Felipe cae en el pozo y despierta ante lo que es Consuelo, Aura y él. Luego del miedo, no había camino aparente. Este último pasaje, antesala a la resolución, nos muestra más que este bosquejo de doble de Felipe y Consuelo, que mediante su conjuro, ha logrado atraer nuevamente a su amado. 

Como un rompecabezas, las piezas encajan, verosímiles, ante lo sobrenatural. Ya lo que queda es el reposo de ambos como un único ente que ha roto las barreras de la inmortalidad y tiempo mismo.

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