Quizás esto termine siendo uno de esos post personales que rompen el SEO, pero que nacen de una necesidad que no se cuantifica en algoritmos. Y me siento bien con eso, ya que este blog, además de ser un espacio para todos los TrotaLetras interesados en la literatura fantástica, es un dojo.

Como muchos y como pocos, y también como algunos y como nadie, he pasado por ese periodo en donde el factor de creación se alimenta de otras cosas además del escribir. No es propiamente un parón, sino un respiro para asimilar las nuevas imágenes que hay en mi cabeza.

Y uno va, reflexionando sobre lo que escucha, ve, siente y lee, y sobre la clase de artista que quieres ser. Luego surge el impulso de ir más allá, o a veces, de volver sobre tus pasos en la búsqueda de “algo”.

RETROCEDAMOS UN POCO 

Como todo niño nacido en Venezuela, mi primer acercamiento a un libro fue El principito de Antoine de Saint-Exupéry. Tenía, qué sé yo, diez años cuando mucho, y es obvio que le pasé por encima, porque leer, señoras y señores, era aburrido si no había ninjas.

Luego, a la edad de doce, creo, cuando ya era un pelmazo dedicado a perder el tiempo en videojuegos —con preferencia a los JRPG— mi padre me regaló un libro con la esperanza de que dejara a un lado los mandos.

El libro en cuestión era Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling. Cabe destacar que por el 2000 solo estaban disponibles los tres primeros tomos, así que sufrí en carne propia la incertidumbre de terminar una saga… Y todavía, ya que podríamos meter al Nombre del viento en el paquete, pero eso es arena de otra playa.

Aunque ya tenía una vaga idea de lo que era la fantasía en sí, mi avidez por la literatura fantástica nació a partir de esa lectura. Magos, caballeros, viajes épicos y una lucha contra la oscuridad en plan de salvar al mundo. Sin saberlo, consumía una y otra vez al viaje del héroe. Démosle crédito extra a Magic: The Gathering, al ánime y a Calabozos y dragones.

Sin embargo, mi acceso a la literatura era limitado. ¿Qué voy a estar sabiendo de bibliotecas o internet? En casa no éramos lectores, y en la mente de mis compañeros de bachillerato sonaba el reggaetón de turno.

Recuerdo que empecé a escribir en una hoja de bloc. Una novela. La primera versión de lo que hoy podría considerarse mi proyecto literario a gran escala. Quería escribir lo que me apetecía leer.

Y ocurrió el milagro.

LA LLEGADA DE J. R. R. TOLKIEN

Dicen que la vida es una sucesión de momentos aleatorios, que a su vez son condicionados por nosotros. No sé quién lo dijo; quizá yo en alguna noche loca.

Fui al cine con mamá a ver la primera de Harry Potter dirigida por Cris Columbus o Final Fantasy: El espíritu en nosotros. Durante los avances, entre cotufas y refrescos, mis pupilas se llenaron con algo que jamás esperé.

Un narrador en medio del fuego, paisajes que ni sabía que podrían existir, un “Merlín” dando hostias, y caballos negros que perseguían a unos niños de pies peludos. Pensé que era un remake de Willow. Espadas iban y venían. Aquel tráiler me había lanzado a un pozo, y al final solo pude leer: El señor de los Anillos — La comunidad del Anillo.

Se me había mostrado un viaje, una misión y unos héroes; justamente lo que había estado esperando. Está de más decir que me hice con la trilogía a pocos meses del estreno de la película.

Tolkien comenzó a hablarme a través de El Hobbit, un libro de letra pequeña y olor a mostaza —que todavía conserva— de Minotauro. Maravillarme tomó tiempo, al menos en la primera mitad. Tenía algo que no se parecía en nada a lo que había leído. La magia no se tomaba a la ligera, con secretos escondidos entre párrafo y párrafo.

Si no todos los que van sin rumbo están perdidos, como decía el profesor, recuerdo que mi comprensión lectora se agrietó. Y lo admito; yo soy medio bruto. Ese Aleph se me estaba yendo de las manos, pero de inmediato agarré La comunidad del Anillo y me embarqué en su lectura.

 

EL PRIMER VIAJE A LA TIERRA MEDIA

Dicen que atravesar un portal hacia lo maravilloso, como género, te recompone. Todavía intento encontrarle sentido a esas palabras, puesto que al evocar las tardes dedicadas a J. R. R. Tolkien me coloca en una posición de angustia.

La primera aventura con Frodo fue precipitada. Pasajes y pasajes que nunca consideré importantes, canciones de veinte páginas y hechos interminables como la distancia que hay desde La Comarca a Rivendel.

Entendía lo que había que entender; un objetivo por cumplir y los malos pisándote los talones. Fueron más las espinas que lomas gráciles. Y es que para una cabeza de poco bagaje como la mía, el viaje me estaba quedando grande. Podría asegurar que la carga del Anillo recayó en mí y no en Frodo.

Y sin embargo me rehusaba a irme. A diferencia de El Hobbit, algo me encadenaba a aquellas tierras. Puede que fuese su lenguaje o lo que estaba en juego; era como tener oro en las manos y no saber qué hacer con él. Sufrí lo mismo que muchos con Tolkien: es un ladrillo infumable, descripciones que no avanzan; un fuelle que se tomaba su tiempo para respirar. Y la lista crece.

La primera película dirigida por Peter Jackson llegó al cine antes de que pudiera terminar el libro. La amé. Salí de esa sala con los ojos iluminados. ¿Todo eso estaba escrito? ¿Por qué no lo veía? ¡Gandalf, ayúdame en esta tarea!

Terminé El señor de los Anillos al poco tiempo. Página tras otra con el afán de comprender, sufrir y escuchar. Muy poco sé de las maneras en la que te habla la literatura, pero supongo que en ese momento de mi vida hallaron un método.

Tolkien, el profesor, me llevó de la mano en ese primer viaje; tanto, que al cerrar sus páginas, caí, desamparado. Regresé por el portal, solo, con más preguntas que respuestas. Había leído una obra que me quedaba como los zapatos de papá.

Sé que nunca chisté ante lo complicado que se me hizo El señor de los Anillos. Solía no molestarme con las palabras, y dejaba que ellas tomasen el curso dentro del lenguaje; al rato comprendía, al menos dentro del contexto de la obra, su significado. Era hipnótico. Era como sentarse cerca del fuego y escuchar la historia de un viejo. Estaba tan cansado de rebatir cosas en la realidad, que me pregunté por qué debía hacerlo en un mundo donde la magia y lo imposible iban de la mano, en un lugar donde el honor y la responsabilidad eran tomados como pilares para su propio sostén ¿Por qué debía llevarle la contraria a la noble labor de encarar al mal cuando este se te presenta, a veces, en algo de apariencia insignificante?

Y comprendí que en la Tierra Media dejé de estar molesto, y sobre todo, de estar cansado. Y, al regresar, pude traerme un poco de esa magia que hizo que la realidad no fuese tan mierda. Frodo no fue el único que viajó hasta el del Monte del Destino. A veces pienso que tiré mi propio Anillo.

 

El SEGUNDO VIAJE A LA TIERRA MEDIA 

Pasaron unos años sin que releyera la trilogía, en parte porque caí en el desafortunado grupo de personas que prestan un libro y no vuelven a saber de él. En el entretanto vi las películas con el mismo afán. Leí Los Hijos de Hurin, Cuentos Perdidos de la Tierra Media y me di golpes de pecho con El Silmarillion.

Tolkien me condenó, y su senda me condujo a Rhapsody of Fire, Blind Guardian y pare usted de contar. No quería nada que no tuviera tintes medievales y fantásticos. Llegué a Úrsula K. Le Guin, Patrick Rothfuss, y me obsesioné más con los juegos de rol al mismo tiempo que escribía. Escribía tanto por esa época que no me explico por qué no estudié Letras en vez de Música. Hoy en día releo los bocetos de mi primera novela y encuentro a un joven desesperado por emular en alguien lo que Tolkien logró conmigo. Escribía a mano, hice mis propios juegos de rol, cartas, tableros. Todo por la sed de recrear la aventura.

Cuando tuve de vuelta, de milagro, La Comunidad, lo reabrí en un bus. Ahora veía claramente las montañas, los prados, los bosques, los tumularios, el puente de Khazad Dum, El árbol blanco de Gondor, las escaleras de Gorgoroth, el Ojo, Isengard, Lothlorien. Cada lugar me consumió al cobrar vida, fluyendo entre las palabras, revolcándose hasta mi psiquis. Aquella lectura fue una linterna en medio de Minas Moria.

Aprendí dos cosas:

  • El mal no improvisa
  • ¿Qué podemos hacer en su contra?

La travesía del Anillo era una causa perdida. En ningún momento hubo esperanza de triunfar. Tolkien nos introduce en un mundo que vive en el recuerdo de grandezas pasadas, en donde muchas cosas ya se han perdido o están por desaparecer. Mientras que en otras historias de fantasía se habla de planos en lo que los elementos mágicos están disueltos, El señor de los Anillos nos presenta una Tierra Media que carece de humanidad, siendo esta la única capaz de rescatarla.

El señor de los Anillos no posee una recompensa tangible para el viajero, para el héroe. Frodo vivirá bajo la sombra del Anillo hasta el final de sus días. De hecho, y afirmo, Frodo falla en su cometido. Se habla de que es una de las obras más Campbellnianas, y la misma se da el lujo de reputarse, de salirse del molde.

Pienso que no tiene sentido sacar moralejas del imaginario de Tolkien, e incluso, considero que encontrar similitudes, simbolismos religiosos o metáforas que representen nuestro mundo es algo banal. Cada vez que escucho que los orcos eran negros porque son los malos y que los elfos son blancos porque son los buenos, tengo que morderme la lengua. Díganme, ¿una obra que te habla de amistad, coraje, miedo, desventura, de pérdida, de familia, del bien, del mal, de la vida y de la muerte, del tiempo, de la transitoriedad, del abandono, de la alegría y de la tristeza; tiene cabida para rebajarse a un concepto tan burdo?

Aquí me permito citar a alguien que sabe más de estos temas, y que tiene algunos libros que pueden avalarlo. Me refiero a la gran Robín Hobb:

En los largos años transcurridos desde que me ocultara en un almacén de carne para viajar por la Tierra Media por primera vez, he oído muchas críticas a Tolkien. Que no tiene personajes femeninos fuertes, que el libro es demasiado lento, que no nos habla lo suficiente de lo que sienten y piensan los personajes; quizá sean las quejas más comunes. Algunas me parecen, y lo digo en serio, las típicas críticas de quienes quieren que los escritores de épocas y lugares distintos coincidan milagrosamente con lo que ahora se considera políticamente correcto. Algunas me parecen las quejas de lectores que desean que todos los autores escriban con lo que consideramos un estilo simple, moderno. Todavía me sorprende la gente que no pudo pasar del tercer capítulo, o que se aburrió, o que fue incapaz de hallar un personaje con quien identificarse.

Lo que intento decir es que da igual que Tolkien haya sido religioso conservador o qué cosa indignante. Tolkien escribió de un mundo que le era familiar, y no me refiero a este, sino a Arda, su Legendarium. Aquel imaginario trabaja a manera de mito; es su propio mito, es su propia leyenda. No admite atribuciones de este lado, y esto se funde con lo que se conoce del género maravilloso.

Tolkien sabía que en su mundo había piedad sobre la justica, que aquellos que tienen el poder, los de arriba, se equivocan muy seguido y que todo en esta vida tiene consecuencias.

LOS TERCEROS VIAJES

Diane Dune:

Empecé a preguntarme si la única manera de juzgar el poder de una obra de un escritor es ver hasta qué punto contamina el mundo en el que vive su lector. Cuando las palabras y las imágenes comienzan a insinuarse inesperadamente en la vida y todo parece remitirse a esa obra o recuerda a cosas que se han visto en ella, entonces se sabe que un segundo creador —de una habilidad inusual— ha estado trabajando dentro de uno.

Quizá parezca que quiero evangelizar la labor de Tolkien en la literatura. En parte es así porque no tengo remedio. Aquellos libros me hablaron como ninguna otra persona lo había hecho hasta el sol de hoy. Son la cabecera de mi oficio; recurro a ellos cuando tengo miedo.

Si uno es entusiasta de un género, en este caso el fantástico, es deber del lector/escritor agotar todas las posibilidades de lectura y estar a su nivel. Hay muchas obras posteriores a Tolkien, algunas infructuosas y otras no tanto, que deben su existencia a este fenómeno, y aunque el profesor no está vivo para cobrar favores, pienso que hay que encontrar los porqués.

Abogo por el resonar de la historia. ¿Qué sabemos nosotros de héroes si jamás hemos visto alguno? Y aquí estamos, muchos esperando la llegada de alguien que saque adelante un país, un empleo, una relación… O mejor, deseamos convertirnos en el héroe de nuestro entorno. Deseamos, por encima de muchas cosas, tender la mano, quizá, por reconocimiento o por altruismo nato.

La vida humana tiene un sinnúmero de Puertos Grises. Hallar el descanso, luego de atravesar por pruebas duras, es insuficiente; hay que partir, lejos, reencontrarse fuera de las tierras que nos vieron nacer. Al igual que Frodo, no hay lugar para nuestra niñez al ser adultos, y no hay lugar para arrepentimientos en nuestra vejez. Somos presas del cambio, de la disolución de la Comunidad.

Tolkien me enseñó, como escritor del género fantástico, la importancia de crearme una identidad. Lo que plasme en el papel solo tendrá sentido cuando las palabras sintonicen con mis propios valores y creencias, cuando me atreva a ser honesto y aprenda a mirar con todos los ojos. La fuerza de El señor de los Anillos no proviene de tecnicismos. Creo, y lo defiendo, que proviene de una fuente que se permite encontrar la magia en el corazón de cada uno de nosotros, que se permite encontrar aquello que nos capacita para ser humanos, aun cuando no estamos preparados para serlo.

Supongo que Tolkien amó este mundo, y lo amó tanto que —y me perdonan mi propia contradicción—  recreó aquello que lo hacía sonreír en cada árbol, meseta y loma de la Tierra Media. Si el mito ha de beber de alguna realidad, que sea de aquella que permita el balance entre los grises, porque la humanidad es gris.

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