¡ALTO AHÍ! Esta es la segunda parte de mi ensayo “¿Qué es la literatura?”. Te recomiendo leer el primer apartado antes de continuar.

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Ahora bien, el crítico literario Jonathan Culler parece ensanchar los lineamientos que definen a la literatura, encontrando así más puntos conexos entre elementos no literarios y literarios. Uno de los más puntuales es la similitud con la historia (la cátedra); su fin máximo es contar los sucesos de A hasta Z, punto por punto y sin detenerse en ambigüedades sobre la naturaleza última de ciertos hechos. Ciertamente, es la forma narrativa lo que nos permite entender y tejer relaciones verosímiles entre un hecho y otro, e incluso, señala Culler, que el uso de las figuras retóricas es permitido en dichos ejercicios.

Quizá la respuesta a ¿Qué es la literatura? no gira alrededor de los conceptos que esclarezcan dicha pregunta, sino en la naturaleza de una breve instancia:

 

¿Por qué hay que ocuparse de la literatura?

 

Es justo preguntarnos, después de todo lo dicho, si existe alguna convención tangible o media verdad sobre qué convierte a un texto en literario. Me atrevo a hacer énfasis, al igual que Culler, en el contexto que rodea a los fenómenos lingüísticos, y de cómo estos pueden adquirir literariedad según venga el caso. Todo viene a remitirse, al menos en apariencia, en la aproximación a los textos. Si encontramos una hoja de papel escrito, con cierta disposición de las palabras, en lo que conocemos con un poema convencional, estaríamos más que dispuestos a leer dicho fragmento como si se tratase de un poema. Para ser más extremos, podrían editarse en un libro todos los diálogos del comic Batman, de Frank Miller, sin dibujos, y de nuevo nuestro acercamiento a la obra le brindaría la literariedad al menos en un primer plano.    

Este ejercicio de aislamiento sobre el lenguaje, este lenguaje descontextualizado, nos da la oportunidad de interpelarlo, descomponerlo y especular sobre él como si se tratase de una obra literaria. ¿De qué lo aislamos? De su propósito finito, de su finalidad pragmática, como expuse bajo las palabras de Eagleton.

Esto no quiere decir que el tratamiento del lenguaje no sea importante en estos casos. Si no hay una descontextualización, es relevante señalar que la narración literaria no depende en gran parte de su contenido, sino de su eficacia a la hora de explicarse y crear un pacto con el lector; el llamado pacto ficcional o la suspensión de la incredulidad.

Culler recalca este apartado al llamarlo principio de cooperación, que aunque dicho pacto esté plagado de ambigüedades o dificultades, el lector se esforzará por trazar un camino directo hacia las convencionalidades que conoce dentro de los procesos de comunicación e intentará sortear dichas dificultades en un objetivo comunicativo superior. En estos casos la literariedad se aloja entre la tensión del texto y el contexto, o dicho de otro modo, entre el material lingüístico y lo que el lector espera que sea literatura.

Las consideraciones de Culler desglosan un poco la naturaleza de la propia literatura. Algunas retoman las teorías de los formalistas rusos y de Eagleton (la rarificación del lenguaje al traerlo a primer plano y la relación de sus componentes, los cuales generan o no tensión entre ellos), y otras aterrizan en el plano de lo ficcional, lo estético y lo que remite a otros textos.

LA FICCIÓN

Haré un inciso sobre lo ficcional. El lector, según Culler, tiene un acercamiento a la literatura por la relación que esta guarda con su entorno, y genera, bajo el artificio de creación de unos personajes y un argumento no real, un proceso de comunicación verosímil bajo su contexto. La gracia que pone en marcha la maquinaria de la ficción en la mente del lector se aplica sobre elementos espacio/temporales, y dan como consecuencia funciones particulares como desligar los pronombres personales de un sujeto o momento dado. El Borges de El Aleph está totalmente separado del Borges autor, aunque se llamen igual solo por picaresca o algún tipo de turbación de cara a lo fantástico, y, de nuevo, la literatura muestra su lado mecánico.

 

LA FINALIDAD SIN FINALIDAD

El segundo inciso recae en lo estético. Para Kant, los objetos estéticos no tienen finalidad alguna, la finalidad sin finalidad más que la obra misma en el proceso de creación o regocijo. Si seguimos estos lineamientos, coinciden de lleno con la falta de pragmatismo de la literatura. Una obra nos puede regocijar porque ese es su fin último, mas exigirle que cobre un plano externo a su naturaleza, es un sin sentido, según lo que he expuesto bajo los lineamientos de Eagleton, Culler y Kant.

Al ser la literatura un artificio estético, todas sus partes cooperarán en pro de atraer la atención debida del lector, o quizá, de despertar e impactar durante su lectura.

 

LA INTERTEXTUALIDAD DE LA LITERATURA

Un tercer inciso descansa en la última consideración de Culler, la intertextualidad de la literatura. Sostiene que las obras que se consideran literarias nacen a partir de otras obras, que su existencia es posible debido a que las nuevas integran, debaten y transforman elementos de sus predecesoras. En pocas palabras, la literatura se escribe a sí misma, una y otra vez, relacionándose entre otros textos y a través de ellos. Se podría acotar que la literatura se hace consciente de sí misma y se da licencias para reflexionar sobre sus recursos, problemáticas, temáticas y posibilidades.

Cada uno de estos rasgos no termina de ser definitorio. Se ven en otras manifestaciones del lenguaje, puesto que dichas características salen a relucir cuando le otorgamos al texto un tipo determinado de atención, la atención que merece la literatura. Más que trabajar cierto tipo de textos de una manera, dice Culler, se trata de trabajar junto a ellos, debido a que, aunque la atención plena en leer un texto como literatura esté presente, el lenguaje se resiste a enmarcarse.

Quizá, continuando con los planteamientos de Culler, la ejemplaridad de la literatura puede ser parte de sus aspectos definitorios. Una clase de textos, mediante el uso de unos personajes y situaciones ejemplares, puede tornarse universal, ya que los temas que aborda escapan de ser específicos, sino más bien generales para quien quiera, o no quiera, comprenderlos. Y aunque las obras literarias prefieren escapar de ser un ejemplo, a su vez invitan al lector a introducirse en dichos imaginarios; la literatura es un ejemplo pero no sabemos de qué.

Dentro de estas funciones podríamos señalar la capacidad de la literatura para civilizar tanto a las clases bajas como a la aristocracia. Al ser de naturaleza estética, se ha considerado que lo especial de sus formas tenía cierta relación con el conocimiento y con los valores morales de una persona. La teoría lo llama sujeto liberal, puesto que el individuo no se definía por sus intereses sociales, sino por su subjetividad individual, que a su vez impulsa a hacer ejercicios de imaginación y reflexión, combinadas con el buen juicio.

La literatura tiene la facultad de incitar al lector a tomar partido en situaciones complejas sin la necesidad de que estas requieran urgencia para solventarse. Por tratarse de un objeto estético sin finalidad pragmática, las fibras que mueve son aquellas que están ligadas a la sensibilidad y a la identificación del yo como individuo ante la sociedad. El civilizar parece ir de la mano con reducir la barbarie o calmar los humores contestatarios, más que enseñar o aleccionar, e Eagleton parece suponer lo dicho:

“Si no se arroja a las masas unas cuantas novelas, quizás acaben por reaccionar erigiendo unas cuantas barricadas”.

La pregunta que se nos viene al caso es si la literatura funciona como instrumento ideológico o no. Se dar el caso de que un conjunto de textos, con entera relación al poder, puede invitar al lector a aceptar el status quo, reafirmándolo mediante narraciones y dando por sentado que sus planteamientos son inamovibles. Pero a su vez encontramos el contraste, y es que quizá la literatura ponga en tela de juicio dichas convencionalidades, quitándoles la legitimación por medio de la ficción y sacándolas de contexto con el fin de oponerse a la ideología de turno.

Culler no desmiente ninguna de estas dos vertientes, pero hace énfasis en la literatura como una institución en la que el ejercicio de imaginación puede parodiar, satirizar, convertir el sentido en un sin sentido, ridiculizar y especular frente a cualquier ortodoxia. Sin ir muy lejos, mucha de la obra narrativa de Issac Asimov se sostiene sobre las teorías de especulación científica, bajo la gran pregunta ¿qué pasaría si…? No por nada, esta práctica de hipótesis ha contribuido a asentar las bases de la literatura de género y, en algunos casos, a impulsar las funciones pragmáticas de otras ramas de estudio como la robótica.

 

EN CONCLUSIÓN…

Hemos observado que la literatura es un fenómeno lleno de paradojas, contradicciones y convenciones, por lo que su definición es resbaladiza desde un punto de vista concreto. No está de más mencionar que la creación literaria está sujeta a sí misma, dice Culler, en su propia mímesis, además de la labor de romper dichos límites y ponerse en evidencia. Es casi como si tuviese la responsabilidad de adecuarse a sus propios lineamientos, para luego surgir con nuevos aires y vertientes; un ejercicio de vanguardia, podría concluirse. La literariedad de la literatura nos obliga a someter, como recursos de análisis, a los textos a una minuciosa atención sobre sus caracteres de inteligibilidad inmediata, las reflexiones que trae como consecuencia y especial ojo a los efectos que produce al lector.

Literatura podría ser, entonces basándome en Terry Eagleton y Jonathan Culler, una medida de valor hacia aquellos fenómenos que giran alrededor de la percepción lectora; la completa afluencia de lo estético, lo ficcional y la integración del lenguaje en un primer plano, sin olvidar la constante intertextualidad de las obras que la componen.

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