Un día vino en que quisimos correr tierras, buscar las aventuras y tentar la fortuna, y andando y desandando de entonces acá, así hemos venido a ser los descompuestos sujetos que ahora somos, que hemos dado en el absurdo de no ser absolutamente ficticios, y de extraordinarios y sobrenaturales que éramos nos hemos vuelto verosímiles, aun verídicos y hasta reales. 

Julio Garmendia – El cuento ficticio

 

Leer “límites” y “literatura fantástica” en una misma oración no es algo de todos los días. Desde que tengo escaso conocimiento, se habla de que la literatura fantástica es un plano que no se encierra a sí mismo, puesto que las posibilidades narrativas del género nunca dejan de crecer. En pocas palabras, se permite todo.

No quisiera ser yo el que rompa esta concepción, y no creo que llegue a siquiera agrietarla. El mundo está lleno de opiniones que se creen hechos, y hechos que se reducen a opiniones. De todo hay en la villa del señor de turno.

Lo que sí me atrevo a señalar, más como observador que padre preocupado, es un tipo de pérdida romántica —por llamarlo de alguna manera— sobre lo que rodea a la literatura fantástica, lo cual nos lleva a pensar que esta puede caer detrás de unos barrotes. Mientras el género gana por una parte en cuanto a temas, tratamientos, adeptos y lenguaje, pareciera que suelta elementos de sus propias bases en pro de obtener una aceptación más realista y coherente.

Para muestra un botón: la idea de que la única literatura fantástica importante es aquella que roce lo épico y lo maravilloso se ha propagado como un virus.

En una era donde la información está al alcance de la mano lo veo inconcebible e irresponsable; y ciertamente, los géneros maravillosos, épicos y demás subgéneros que el “fandom culto” le ha dado por inventar, pertenecen a un ramal de la literatura fantástica que se ha popularizado desde que occidente conoció el poder de la obra de J. R. R. Tolkien, William Morris y Lord Dunsany; mas no podemos limitarnos a observar el fenómeno con un solo ojo.

Aclaro que la verosimilitud y la coherencia son fundamentales en todo trabajo narrativo que tenga intención de crear un pacto ficcional con el lector, más que necesarias en la maquinaria fantástica, pues debe entenderse que aquellos hechos imposibles han de serlos en la mente de quien los lee.

Un problema que vengo notando es ese afán enfermizo por impregnar lo fantástico con los tintes del realismo. Ya de por sí es un error pensar que la vida real es un canal de hechos conexos, donde cada pieza encaja a nuestro antojo.

Y no.

La ficción es artificial; la literatura es artificial, plástica, construida en la imitación de las imperfecciones realistas.

 

La literatura fantástica se mueve en esas imperfecciones; se mueve en el disparate, en el absurdo, en lo inimaginable, en torcer —violentamente, como dirían los formalistas rusos— la sensación de estabilidad. Hoy día pareciera que se educa —y se obliga— al lector a tragarse un worldbuilding sin fallos en vías de no transgredir las dotes de su propio mundo; se intenta que se parezca a nuestro mundo; y vaya que es curioso, pues la construcción de Terramar funciona precisamente porque no se parece en nada al de nosotros.

En un futuro podríamos dejar de lado la capacidad de maravillarnos dentro del género, además de desechar el esfuerzo lector que nos exige un manuscrito. Ser verosímil no es crear con tintes de arquitecto; el escritor no es un naturalista, ni mucho menos un transcriptor de instrucciones o un historiador. Ser verosímil requiere una concepción amplia del desorden y de los límites del propio desorden al que nos hemos avocado.

Más allá de la preferencia por la cohesión del mundo y personajes existe una prisa, un apuro, por abandonar la estética de lo irreal, prohibiendo, casi de tajo, aquella ensoñación que nos sumerge en los planos más abstractos de nuestra consciencia, allí donde el fenómeno de lo fantástico trabaja de la mejor manera. La modernidad y las vanguardias realistas parecen cercar, de nuevo, las inquietudes de un género que mucho le ha costado surgir fuera de las tierras del romanticismo; se condena al mito, lugar común de la tradición, en vez de transformarlo.

Y, admito, que más de una vez he caído en eso de ponerle las esposas al género, despojándolo de su capacidad de incomodar entre líneas, de ser políticamente incorrecto, irreverente, grotesco, y otorgándole así una máscara carnavalesca, como si quisiera entretener a un ideario de lector tonto que no es capaz de masticar la mierda que le estoy ofreciendo, que espera que le enseñe algo, que le diga cómo debe vivir o lidiar con su situación social, moral y ética. En fin, que espera que la literatura fantástica sea más real.

Creo que muchos de los escritores del género pecamos —cristianamente hablando—. Renegamos de la fantasía al escribirla porque quizá no somos capaces de idear un mundo en donde la vida sea tal cual como es, y no como queremos que sea. Fracasamos en las fronteras de nuestra propia imaginación. La mente dibuja los límites de la literatura fantástica.

***

Gracias a todos, y como siempre los invito a suscribirse a la lista de correo, y si te ha sido útil, puedes leer más en la sección de Escritura Creativa o sumergirte en el mundo de la Literatura Fantástica.

Además, puedes checarme en Wattpad o leer mis otros trabajos narrativos.

No olvides seguirme en mis redes sociales bajo el user @Mmjmiguel_ (Twitter, Instagram y Facebooky recomendar el blog.