Adaptación del cuento “La manzanita” de Julio Garmendia (Leer el original Aquí)

 juliogarmendia

Ella oyó el traquear del camión de carga en las afueras de la tienda, el cual anunciaba que pronto llegaría la mercancía del día. Lentamente fue abriendo los ojos, intentando que estos se adaptaran a la pesada oscuridad que embargaba la yerma mañana dentro del anaquel. Divisó al encargado del local, al fondo, entrando por una de las puertas que daban al depósito, y notó que este no llevaba más allá de unas pocas cajas con víveres. Nada en especial.

¡Otra mañana!, pensó la manzanita criolla. ¡Otra mañana!, sopesó la fruta de comarca. A su izquierda sólo observaba un par de quesos a media mella, y a su derecha, un grupeto de “yogures” chismosos, flojos como el que más. La manzanita lanzó un suspiro de resignación, reavivando un poco la llama optimista que la caracterizaba ya que, como era de esperarse, ella era única en la localidad.

Su superficie alisada, brillante, con resistencia al frío, y un verde esmeralda hecho de fulgor, hacían de la manzanita criolla un manjar culinario en su especie. Varios años habían pasado desde que conoció a otra igual, e incluso, perdió la cuenta de la última vez que vio a sus primas norteñas: las manzanas rojas. Desde aquél entonces, la manzanita criolla fue testigo de la segmentada desaparición de sus hermanas, primas y congéneres. No es que ella sea una fruta bastante atenta, pero no podía pasar por alto dicho hecho.

—¡Qué raro! —solía decir la manzanita criolla—. Hoy no han venido a visitarme mis primas… ¿Qué piensa usted, señor coco? Y perdone que le pregunte de manera repentina, sólo que usted es duro como una roca y parece ser un ilustre de cabeza fría en estos asuntos.

Pero no oyó respuesta. Y nuevamente la manzanita criolla se dio cuenta que volvía a hablar sola. “Tonta, tonta”, dijo entre dientes. Hace añales que el señor coco dejó de venir a la tienda. Nadie parecía extrañarlo, a pesar de tener un interior suave y húmedo como el algodón, ideal para calmar la sed. La manzanita pensó que quizá había decidido quedarse en sus tierras cercanas al mar. ¡Unas vacaciones! ¡Sí!, por eso no había vuelto. ¿Quién va a querer regresar al trabajo si su hogar está plagado de arena, sol y mar? La manzanita criolla se dio a sí misma unas palmadas de aprobación. ¡Qué inteligente era!

—¿Usted podría sacarme de mi duda, señora lechosa? —preguntó, dubitativa, todavía con la interrogante en el tallo.

Nuevamente obtuvo silencio como contestación. La señora lechosa ya no estaba, y eso trajo a su memoria otro hecho: La señora lechosa había muerto. Esta última era vieja, senil, algo pastosa y corpulenta; la figura de una madre, pero como todas las cosas pasadas de edad, le llegó su hora y san se acabó. La manzanita criolla tuvo un pequeño escalofrío de tristeza antes de arrebolarse en su anaquel.

—¡Señor aguacate! ¡Señor cambur! ¡Señora naranja! —exclamó la manzanita criolla, esta vez con un dejo de desespero en su voz.

¿Adónde habían ido todos? Por el rabillo del ojo, se percató de que la tienda no abría sus puertas a la clientela, y eso que era un poco más de las ocho de la mañana. El encargado iba de allá para acá, llevando cajas, descolgando cuadros, desarmado aparejos, destartalando peretos. Todo eso con un malhumor terrible, enmarcando una falta de sutileza abismal. En las afueras todavía se podía escuchar el rugido del motor de carga.

—Esto sí que es raro, señora guanábana… —recalcó la manzanita criolla—. Que yo sepa, no es Domingo… Día patrio, quizás. Soy mala con las fechas, me solía decir la señora piña. Quizá deberíamos preguntarle qué está pasando a la señora patilla. Ella siempre tiene todas las respuestas.

Mudez sepulcral.

—¡¿Y ustedes de qué se ríen?! —la manzanita criolla lanzó un bramido al escuchar una risa a su lado.

Allí estaban los yogures, risueños y campantes, con una media luna burlona en el rostro de sabor empaquetado, cerca de la fecha de caducidad.

—¡Oh! —terció uno de ellos, sin borrar la sonrisa—. ¡Nada, manzanita! Nosotros no nos estamos riendo de nada, a decir verdad… —hizo una pausa. Miró furtivamente a sus compadres y se echó a reír nuevamente, esta vez de manera más estruendosa.

—¡Díganme de qué se están riendo! —exigió saber la manzanita criolla, que de verde pasó a ser roja, producto de su momentánea ira.

Pero antes de que pudiese obtener respuesta, una mano gigantesca, perteneciente al encargado de la tienda, cogió al grupeto de yogures entre sus dedos. Las risas cesaron, convirtiéndose inmediatamente en sollozos fúnebres, dignos de un velorio. La llantina penetró los tímpanos de la pobre manzanita, quien se tapó los oídos para salvaguardar su audición, y sin embargo, aquello no sirvió de mucho. El grito espeluznante de los yogures impregnó cada recoveco del local, amasando penas y desdichas, trayendo consigo una atmósfera brumosa y gélida.

El encargado se alejó, y con él, los alaridos de sufrimiento. Todo volvió a quedar en calma, o en la ilusión de ella.

La manzanita criolla se recobró. Buscó al señor durazno, pero no lo encontró. Y ni hablar de la pomarrosa. Tuvo que dejar de un lado su orgullo y preguntar en la sección de vegetales, pero qué va… Nada. La cesta estaba desierta como los Médanos de Coro.

Para su espanto, se dio cuenta de que todos los anaqueles estaban vacíos. Nada en las neveras. Nada en los pasillos. Ni siquiera el odioso empleado con granos en la cara que siempre venía a empaquetar mercancía estaba presente en la tienda. Ella estaba sola, acompañada nada más por el sonido del aire acondicionado y la titilante luz blanquecina del techo. Su garganta se secó, desvariando, hiperventilando por la impresión. ¿En qué momento había ocurrido aquello? ¿En dónde estaba la caja registradora? ¿Sus vecinos? ¿Qué fue de ellos?

—Ay, manzanita… —se oyó a su espalda. Era una voz parecida a un mugido regordete.

—Señor mango… —susurró la manzanita criolla, envuelta en desasosiego—. No lo había visto…

—No pasa nada, manzanita —respondió el mango—. Estoy acostumbrado a pasar desapercibido hasta cierta época del año… —y miró a su alrededor por unos breves instantes, con los ojos perdidos en la lejanía—. Qué solo está esto. Creo que ya es tiempo.

—¿Tiempo para qué…? —preguntó la manzanita, confusa—. No lo comprendo.

El mango sonrió con lástima. Se acercó lentamente a la manzanita criolla, de manera paternal.

—Este ya no es nuestro hogar, manzanita —comenzó, inspirando profundamente—. Hace mucho tiempo dejó de serlo. Algunos han partido en busca de algo más, pensando en su futuro, queriendo sembrar semillas en nuevas tierras, mientras que otros han perecido a causa de la gran plaga. Aquella plaga sigilosa y furtiva que llega a manera de hambre, que llega a manera de cuchillo, que arriba en forma de una morisqueta. Esa plaga, amiga mía, ha destruido este anaquel, convirtiéndolo en un sitio desprovisto de soluciones, penado sin más por unos odiosos yogures que no calman a la pansa… No somos suficiente, manzanita.

”Desaparecimos del mapa. Nos hicieron perdernos porque en nuestras tierras ya no crecemos, y al no crecer, ¿a quién podemos alimentar? Sí… nos  necesitan. Cada pequeño infeliz que pasa por esa puerta, buscándonos, con una cara de urgido que no se la quita nadie, se da la vuelta derrotado al no encontrarnos… Y al encontrarnos, no nos puede pagar.

”Pobre de nuestro dueño que ya no puede vendernos como antes, y lo tildan de asesino algunos deshumanizados, monstruos de las raíces a la copa. Y nos extinguimos, manzanita. Nos extinguimos de la memoria, de los paladares, inclusive de la vista… Quedamos en el pasado, sin esperanza alguna de volver a llenar este anaquel que tanto tiempo nos sirvió de refugio, que tanto tiempo nos sirvió de hogar —y volvió a mirar hacia la calle—. No eres sólo tú la que sufre y se auto engaña buscando atisbos del pasado provechoso que nos rodeaba… Yo también lo hago, pero al nacer, veo que el árbol que me trajo a la vida está más podrido, más lleno de pesadumbre… Es el aire venenoso de nuestros días, impulsado por el odio hacia el trabajo duro, hacia el mérito, hacia las cosas pequeñas de la vida, hacia lo normal, hacia lo cotidiano que en su simpleza se hace divino…

”Todos se fueron, manzanita. Y tú, cómo la última de tu especie, cargarás con el peso de la soledad —besó a la fruta en la frente—. Cargarás con el peso de la posteridad en lienzos de arte barato, recalcando lo que alguna vez fueron estas tierras de provecho y felicidad… Adiós, manzanita.

Y los dedos gigantes se cerraron alrededor del mango. La manzanita captó al momento la expresión de la tropical fruta, la cual no lloraba, sino que sonreía de manera demacrada y cansina. Fue llevado lejos, depositado en una pequeña cesta.

La luz se apagó, y cualquier ruido fue opacado por el resquebrajar del corazón de la manzanita criolla. Tembló de hoja a hoja, en la sombra, derramando lágrimas ácidas que circunvalaban su esférico y rechoncho cuerpo. Así era la vida en la tienda, y así fue como la manzanita criolla, la más sabrosa de todas las frutas, aceptó que esta ya no era su casa, porque su casa la habían saqueado con demoníaca parsimonia, matándole las ganas de avanzar. Salió del anaquel, sin nada más que su determinación, y se largó. Y el último que apague la luz, aunque dicho bombillo ya estaba apagado.

M. M. J. Miguel