Atribuyo esta defensa de Joseph Campbell a una fuente desconocida que decidió pulsar alguna fibra que logró moverme de la cíclica y estática materia en la que me encuentro; y que, como una ola, deformó las huellas que he estado dejando en este mundo ordinario.

Jamás he contemplado que el exterior tenga más respuestas que las que podría obtener desde mi casa interna, desde mis pensamientos más profundos e inconscientes; y sin embargo, no dejo de maravillarme con esas viñetas que se enmarcan fuera de la ventana, como si un código abierto esperase a reconfigurarse con mis resonancias.

Joseph Campbell
Tal es la importancia de las historias detrás de esas montañas, de aquellos residuos primigenios que intentan, poco a poco, como en un ritual, mostrarnos los motivos iniciáticos de un viaje; no solo es izar la vela para cruzar los límites del mar, sino izarlas porque el llamado a descubrir es un deber intrínseco que nos aborda desde que nuestra mente comienza a estar atenta al lenguaje atemporal del mito.

La humanidad es hija de esas historias, puesto que fue engendrada dentro de aquel conocimiento que pretendía, más que evadir lo desconocido, entrar en él para absorber parte de la esencia sagrada que se había revelado; una hierofanía el puente semántico y semiótico que escapa a la linealidad de estas palabras.

Es absurdo pensar, entonces, que los mitos como enclaves de sabiduría son obsoletos, que el lienzo donde hemos pintado una y otra vez las mismas historias deben descartarse porque ya no nos dicen algo. Que aquel cuento del hijo que se rebela al padre, del niño que encuentra un objeto mágico o que el papel de la Diosa Madre trayendo prosperidad a su pueblo, debe ser echado al fuego porque ahora el ritmo dinámico de nuestra vida contemporánea nos obliga a voltear la mirada a otras inquietudes.

Los mitos son pistas de las potencialidades espirituales de la vida humana (Joseph Campbell a Bill Moyers. El poder del mito 24).

Bien sabido es que Joseph Campbell defendía a cabalidad que, si bien estas historias podrían presentar obvias diferencias debido a sincretismos o cuestiones geográficas, el flujo natural de las mismas romperían esos cercos para responder qué hay detrás de la oscura viñeta. El héroe, a todas estas, no tiene mil caras porque se limite a ese número, sino por el carácter polisémico de su viaje, de sus proezas, de su descenso hacia la sombra y su apoteósica ascensión hacia la universalidad. Renegar de este periplo, como intentan algunos autores del fantástico contemporáneo, es pisarse la propia cola, mentirse; y aún más cuando sus historias están planteadas desde el crecimiento en el dolor, la oscuridad y la emancipación de ello para un diálogo divino con el propio ser. Elantris (Bradon Sanderson, 2008), a pesar de sus deficiencias estilísticas, va amarrada a ese planteamiento casi a calco. No existe tal “Síndrome de Campbell”:

Escriben relatos sobre jóvenes héroes que son llamados a una búsqueda misteriosa, ambicionan el poder, y llegan a la madurez al superar sus tribulaciones. Siguen el Síndrome de Campbell paso a paso, e intentan estar seguros de que no dejan nada al margen. El movimiento ha ganado tal impulso (en parte por Tolkien, cuya obra exhibe el Mito del Héroe pero no lo sigue) que se ha convertido en sinónimo de fantasía. Y, a causa de ello, el género está amenazado de estancamiento. Esto, por supuesto, plantea un interrogante. La fantasía es todavía un género en su adolescencia —el movimiento contemporáneo no empezó hasta los años setenta—. Las historias que utilizan el mito del héroe siguen vendiéndose bien, en realidad se venden mejor ahora que antes. Y por lo tanto, ¿por qué cambiar? Respondo que debemos cambiar porque la adolescencia pasa y los lectores de fantasía se hacen mayores. Los lectores de fantasía empiezan a estar cansados. Muchos de mis amigos, antes lectores ávidos de fantasía, han dejado de leer novelas del género a causa de su redundancia. Lo que antes sugería maravillas, ahora se ve como obsoleto y excesivamente trillado. Preveo serios problemas en el futuro si no reconocemos el Síndrome de Campbell y lo afrontamos (Sanderson. Prólogo del Héroe de las eras 11).

De existir tal enfermedad, la inquietud debería dirigirse a la calidad de dichas obras, de plantearse si el problema no es un trabajo de forma, fondo, profundidad, estética y lenguaje. Achacar el óxido a una estructura narrativa, que ni siquiera nace con Joseph Campbell, es un juicio apresurado, que más que dilucidar un problema, parte de una concepción errónea de que la fantasía, el fantástico en general, es un forma ingenua de plantear la literatura y que la única salvación es ajustarla a unos parámetros “semivanguardistas”, que más que innovar, reafirman esa rebelión luciferina que se opone al padre por antonomasia. Nuevamente, por donde se le mire, caen en la historia eterna del desconocimiento de los límites y la búsqueda por —un viaje hacia— romperlos y armonizar con ellos. El mito del eterno retorno no solo impregna la literatura, sino a sus formas más adversas porque, incluso, para romper la tensión melódica de la narrativa hay que conocer, entender e internalizar que estos ejes temáticos se corresponden al nivel dialéctico de la sociedad y sus pulsiones en cada época. Dicho de otro modo, el lugar común solo es un lugar común si el que escribe no ha salido del mundo ordinario, si no ha sido iniciado para emprender la gran cruzada; no tiene permiso de Zeus para abandonar la isla de Calipso y enfrentarse a Poseidón. “Que el héroe vuelva a casa”, versa la Odisea.

Los temas en la literatura van de la mano con los temas del corazón, y no pretendo hablar desde la postura romántica del término, sino desde la que profundiza y enaltece la memoria y la vuelta hacia ella. Recordar es volver al corazón, donde genuinamente se albergan estas claves iniciáticas, este observar, este “síndrome” que propulsa el toque de la imaginación y que aguarda al secuestro de la musa. La literatura es un eterno volver a contar; un desplazamiento del imaginario y de sus objetos que poco a poco se entregan al corpus onírico, conectándose, tal como Cesare Pavese diría en su poema “Mito”, con el dios que ya lo ha hecho antes. Y sin duda, me atrevo a afirmar que hasta las obras más desafortunadas, aquellas que nunca avistaron a Ítaca según tal y cual criterio de paso, tengan algo de esta esencia encerrada entre sus líneas. Un mito, un viaje heroico que se torna trillado, jamás llegó entonces a ese pedestal. Es verdad que los hombres olvidan, que dejan de lado ciertas nociones de su paso por el mundo, mas el olvidar resuena con el reencuentro de otras aristas que requieren su propio espacio para florecer. Vaciar el armario.

Dice Joseph Campbell:

El mito abre el mundo a la dimensión del misterio, a la comprensión del misterio que subyace en todas las formas. Si pierdes eso, ya no tienes una mitología. Si el misterio se manifiesta en todas las cosas, el universo se transforma, como lo era antes, en una imagen sagrada. Siempre estás frente al misterio trascendental a partir de las condiciones de tu mundo real (Joseph Campbell a Moyers. El poder del mito 57).

El viaje del héroe nunca cae en lo estático, ya que de por sí es un trabajo de traducción de estos mitos. De más está decir que la quietud geográfica aplicada a esta estructura, por la que se aboga como si fuera la quintaesencia de la posmodernidad fantástica, nada tiene que ver con abandonarla, sino reafirmarla desde otra visión; y vale decir que está lejos de ser un giro paradigmático a la simbología que representa. Christopher Vogler (El viaje del escritor) orienta que este esqueleto narrativo funciona a manera de simbiosis con la idea principal del relato, y que la rigurosidad en escaleta no es normativa por el simple hecho de que la visión debe dirigirse, en menor o mayor medida, hacia los valores que el héroe pone sobre la mesa.
Ya sea que el joven aprendiz de asesino se mueva entre las calles de una ciudad olvidada o abandone su hogar bajo el filo del peligro, lo que definirá la sacudida arquetípica será el trabajo que el cuentacuentos de turno haya puesto en las imágenes, en las modificaciones naturales que estas tendrán para el entorno que las recibe. Los símbolos también viajan y se obligan a ajustarse; son cómplices del tiempo que nos lanzan indirectas de qué camino seguir:

La mitología ha sido interpretada por el intelecto moderno como un torpe esfuerzo primitivo para explicar el mundo de la naturaleza (Frazer); como una producción de fantasía poética de los tiempos prehistóricos, mal entendida por las edades posteriores (Müller); como un sustitutivo de la instrucción alegórica para amoldar el individuo a su grupo (Durkheim); como un sueño colectivo, sintomático de las urgencias arquetípicas dentro de las profundidades de la psique humana (Jung); como el vehículo tradicional de las intuiciones metafísicas más profundas del hombre (Coomaraswamy); y como la Revelación de Dios a Sus hijos (la Iglesia). La mitología es todo esto. Los diferentes juicios están determinados por los diferentes puntos de vista de los jueces. Pues cuando se la investiga en términos no de lo que es, sino de cómo funciona, de cómo ha servido a la especie humana en el pasado y de cómo puede servirle ahora, la mitología se muestra tan accesible como la vida misma a las obsesiones y necesidades del individuo, la raza y la época (Joseph Campbell. El héroe de las mil caras 373).

El sumergirse en el camino mitológico es abandonarse para el renacimiento, para ser el demiurgo que todo lo ve y podrá; es tirar ese lastre verosímil sin dejar de serlo. La exactitud de la que se enriquecen estos arquetipos no necesita sistemas de construcción de mundos, sino que se enriquece en el lenguaje, en el canto, en la palabra, en la invocación. “Canta, Oh musa…” y los continentes saldrán a flote, junto con los miedos totales de la vida, con sus oscuridades y luminiscencias. Da cuenta de la tarea abrumadora del poeta, del chamán y del Aedo, de esa transmisión oral, palabra a palabra, que nunca se perderá y que la encontraremos en cuanto una obra nos llega a las manos, además de entender que esa obra dejará de pertenecernos para pertenecerle a la totalidad.

El viaje del héroe primeramente estará sujeto al encuentro del abismo interno, a la tragedia de sus imaginaciones, tal como Macbeth en su hazaña fallida hacia lo divino fue superado por el suplemento heroico de Macduff. Observamos que este último sufrió una mutilación de su alma al ser su familia asesinada por la misma sombra del desastre que él venía intuyendo en los primeros actos. Por tanto, ya se anunciaba a un Macduff que prevalecería desde su propia fuerza, que entendería la mortalidad, pagaría el precio de la sangre y viviría en la tragedia de la pérdida junto con la cicatriz de que alguna vez el mal habitó en el reino.

A veces, con pesar, esperamos que las necesidades de la ficción se adapten a las nuestras, que el único medio para abrir las puertas del cambio sea forzarlas y pasar de largo. Ya no está en juego esa mirada que se posa sobre el marco, sobre el pómulo y sus bisagras; queremos atravesarla y pretender que estamos ya en otro sitio, en otra cosmogonía que quizá pueda decirnos algo. Tal pareciera que rechazáramos la llamada e hiciéramos caso omiso de los indicios de la iniciación, que la aventura no nos importa ya. Olvidamos preguntarnos qué es lo que estamos contando y qué es lo que nos quieren contar estas historias, obedeciendo en cierta manera a la ansiedad de revelarnos al mundo de una forma superficial, sin un cambio que de verdad haya calado en la interdependencia pluricausal de nuestra relación con la voz mitológica del cosmos.

El final feliz del cuento de hadas, del mito y de la divina comedia del alma deben leerse no como una contradicción, sino como la trascendencia de la tragedia universal del hombre. El mundo objetivo sigue siendo lo que era, pero como el énfasis ha cambiado dentro del sujeto, se nos muestra transformado (Joseph Campbell. El héroe de las mil caras 33).

Sin transformación, podríamos decir, no hay historia, ni mito ni héroe; aun de tenerla, cada partícula que haya sido expuesta al fenómeno de la transitoriedad debe hacerse consciente de lo divino que habita en ella. Sin consciencia, no hay retorno con la recompensa; se pierde el agente civilizador y puede que el castigo caiga más temprano que tarde. Dicho castigo es sencillo: perderse en los lindes del olvido y del tiempo, del no comunicar, del no advertir y del no saber. Es por esa razón que una historia también es parte de esa llama que robó Prometeo, pero hemos de estar listos para recibirla; el fuego no se adapta, sino que consume.

El diálogo entre estas historias y nosotros perdura porque van de la mano con eso que Campbell llamaba “los sueños del mundo”. Están allí, en cada árbol que respira universo, en cada sendero que conduce a otros senderos. El viaje heroico funciona a su vez como ombligo del mundo, donde se almacenan todos los suspiros y actos que realizamos cuando las sombras se yerguen sobre nosotros. Es el lugar de reposo y a su vez es punto de partida, que se mueve en el sentido justo de dónde necesitamos estar. Y el narrador que ha sido tocado podrá, de una u otra forma, saldar la deuda desde la garganta, desde la pluma y el papel, y volver a contar la experiencia individual y colectiva de lo sublime.

Son los sueños del mundo (los mitos). Son sueños arquetípicos que tratan de los grandes problemas humanos. Sé cuándo alcanzo uno de esos umbrales. El mito me dice cómo responder a ciertas crisis de desilusión o placer o fracaso o éxito. El mito me dice dónde estoy (Joseph Campbell a Bill Moyers. El poder del mito 40). 

Quizá Joseph Campbell no necesita una defensa, pues sería llover sobre mojado el decir que más allá de detenernos en cuestiones como la caducidad de un modelo narrativo, se necesita seguir trabajando sobre los enfoques que abordan dicho modelo. Alabo, aunque parezca lo contrario, a quienes intentan moverse por las fronteras de lo establecido y se cuestionan hasta sus propios métodos. Alabo, nuevamente, lo ingenuo, pues eso conducirá al descubrimiento de algo que va más allá de lo tangible, incluso, para el propio lenguaje. Quien cuenta historias, y las quiera contar de verdad, se encuentra con el dilema de pensarse como parte de una raíz tan inmensa como el Yggdrasil. Y no está mal ese encuentro, ya que ha entrado en nuevo campo —con advertencia incluida— donde las fuerzas parentales no serán de ayuda, sino el filo de su lengua para permear al mundo a su imagen y semejanza y viceversa. Recordemos a Bastian en La historia interminable, de Michael Ende, y su enfrentamiento con dichas remanencias.

Finalizo, entonces, con algo que me habría ahorrado un par de líneas: 

La mitología es poesía, es metáfora. Se ha dicho con razón que la mitología es la penúltima verdad; la penúltima, porque la última no puede traducirse en palabras. Está más allá de las palabras, más allá de las imágenes, más allá del aro de la rueda budista del devenir. La mitología pone en contacto a la mente con el más allá de ese límite, con lo que puede ser conocido pero no dicho. Por eso es la verdad penúltima. Es importante vivir la vida con la experiencia, y en consecuencia con el conocimiento, de su misterio, y de tu propio misterio. Eso le da a la vida un resplandor nuevo, una armonía nueva, un brillo nuevo. Pensar en términos mitológicos te ayuda a ponerte de acuerdo con lo inevitable en este valle de lágrimas. Aprendes a reconocer los valores positivos en lo que parecen ser momentos y aspectos negativos de tu vida. La gran pregunta es si podrás decir un gran sí a tu aventura.

 

 

 

MOYERS: ¿La aventura del héroe?

 

 

CAMPBEL: Sí, la aventura del héroe… la aventura de estar vivo. (Joseph Campbell a Bill Moyers. El poder del mito 221).

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