Las crisis existen. Pan de cada día y café de la tarde. Y no hablo de las crisis en donde cuestionamos nuestra existencia en este o cualquier plano. Hablo de las verdaderas crisis, de aquellas que nos tientan el cuchillo en la garganta, de las que nos generan un vacío en el estómago, tanto por miedo o por hambre. Hablo de crisis en sus seis letras, donde despertarse con vida es un lujo y pensar a futuro es de irónicos, porque futuro no hay.

Aquí en Venezuela la crisis nos azota, y no entraré en detalle; no quiero convertir esto en un ensayo de nuestra situación; ya hay montones con más renombre que su servidor.

Sólo diré que es difícil. Es difícil escribir cuando las bombas lacrimógenas entran por tu ventana. Es difícil escribir cuando escuchas los gritos de gente siendo masacrada por el gobierno a punta de perdigones y balas reales. Es difícil escribir cuando sólo ves personas comiendo de la basura; lo único que podrán comer en semanas.

Es difícil porque lo único que quieres es destrozar a cuanto lamebota justifique la muerte de miles, el hambre, la zozobra, el miedo, el terror, la injusticia y pare usted de contar. Es difícil cuando lo único que tienes en el estómago es un pan con queso, y eso si lo consigues.

Y me extendí, cosa que no quería, pero es inevitable. A los artistas siempre se nos va la mano quejándonos.

¿Qué hacer? ¿Cómo mantenerse?

¿Hay una motivación detrás de esto?

 

La hay. Es en los momentos difíciles en donde el artista debe mostrar su valía. Es en los momentos de crisis en donde se asume una responsabilidad más allá del oficio.

Desde mi punto de vista, como entusiasta de la literatura fantástica, la crisis me ha hecho entender el comportamiento de la sombra; el mal en general. Empecé a percibir esta lucha más allá de los partidos, sino como algo más oscuro, real y antiguo: la lucha entre el bien y el mal.

Veo cómo el mal me rodea y me vigila desde arriba como el ojo de Sauron de Tolkien, el Lord Legislador de Abercrombie o los Chandrian de Rothfuss. Estas concepciones me han llevado conocer lo perverso del poder y a entender que el mal no improvisa.

No se puede soltar la pluma ante esto.

Escribir en tiempos de crisis es un deber. La gran responsabilidad de documentar cada detalle recae en nuestros ordenadores y en nuestras historias. De la noche a la mañana podría quedarme sin internet y sin ordenador y no enterarme más allá de la cuadra, porque la tv está al servicio del mal.

Queramos o no, nuestro papel es convertirnos en cronistas; cronistas de lo justo. Este momento de la historia requiere de nuestros servicios, de nuestros servicios a la crítica, a la sátira, a la reflexión y a la anécdota. Tenemos el peso y la tristeza de muchos sobre nuestros hombros, de poder recrear para futuras generaciones —y heme aquí hablando de futuro— el verdadero terror que jamás debe olvidarse; nunca muere, pues se transformará y atacará.

Escribamos y fortalezcamos nuestro oficio. Llamemos las cosas por su nombre y los culpables por su apellido.

La calle nos da ideas. El miedo nos da ideas.

La incertidumbre nos da ideas.

 

Démosle el tratamiento que se merecen. Escribamos para que perduren y eduquen. ¿Qué otro sentido hay en escribir si no es en pro de un mundo mejor?

Esta es nuestra lucha, con lacrimógenas y hambre, pero es nuestra y no nos la pueden quitar.

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