El abordaje había sido la parte fácil de la faena; siempre lo era; intimidar con par de cañonazos y enganchar una vez que la presa estuviese a tiro de banda. Dentro de aquel oficio, Él no negaba los riesgos; bala perdida al cráneo y despachado al averno junto a belcebú.

Pero Clara lo valía.

Valía cada pistoletazo.

Valía cada blasfemia.

Cruzaría los cinco, seis, siete, vaya usted a saber cuántos mares había; pero los cruzaría. Navegaría hasta el borde del mundo por volverla a sentir entre sus manos.

Él se movía como una pantera, esquivando aquí, eludiendo acullá. Cuando una hoja se le venía al cuello, se desplazaba hacia un lado y contraatacaba con saña, hediendo su acero contra la carne del pobre desgraciado que le bloquease el paso.

Aún recordaba aquellas noches de lujuria, de pasión desenfrenada; aquella velada en una isla solitaria, rodeados de palmeras y arenales. Clara, tan fina, tan delicada; dueña de un aroma que encasquetaba las más agraciadas ilusiones al momento de colarse por las fosas nasales.

—¡Por acá! —gritó Él, gallardo, inflando su pecho de orgullo luego de volarle los sesos a un grumete.

Las balas silbaban como abejas, rápidas e indetenibles, viajando en mortales trayectorias. Resquebrajaban la madera de cubierta, levantando afiladas astillas que volaban como puñales después de la detonación. Sangre y espuma cubrían cada recoveco de borda a borda, de estribor a babor. Los lamentos se mezclaban con los clamores barbáricos de los pillos, quienes no dejaban de invadir la nave.

Y todo por Clara. ¿Qué más tendría que perderse? ¿Qué más tendría que sacrificarse? ¿Valía la pena? ¿Cuántas vidas se extinguirían? ¿Cuántos sueños se apagarían por el deseo de alzarla ante el bravío mar?

Las necesarias, pensó Él, viéndose arrinconado ante tres pobretones oficiales.

Al carajo. Contra uno; sin garganta.

Contra otro; tripas afuera.

El último no la contó, regurgitando plasma desde la nuca.

Sobre los bramidos, un ruido ensordecedor llegó hasta sus oídos. Alzó la vista, y claramente observó cómo el palo de mesana se tumbaba infiel, con todo su peso, sobre el palo mayor. Debajo de sus pies, sentía con claridad el estruendo de la destrucción, de la muerte, de la zozobra y del miedo.

La nave no volvería a navegar; no podría escapar. Y ante esa noticia, Él sonrió, asegurando una venidera victoria junto a sus compinches.

El cielo se teñía de nubarrones.

El olor a pólvora se cernía sobre la carnicería.

El viento marino canturreaba un réquiem, plácido, casi divino; aquella delgada línea entre la vida y la muerte.

Y la muerte no llegaría; no, señor. No antes de que Él, infalible, la rescatase de aquellos perpetradores de libertad, quienes con sus lujos, con sus leyes, con sus trajes y modales, se creían dueños de su amada. ¿Qué derecho tenían de ponerle una mano encima? ¿Qué derecho tenían en tocarla? ¡Qué asco! ¡Usurpadores!

Por su cabeza desfilaban los recuerdos de aquel primer encuentro. Fue una noche de bar, ajetreada como todas. En alguna equina se jugaban la vida en naipes, y en otra mesa se caían a mentiras y embustes.

Y Él estaba solo, descansando de saqueos y violaciones.

Y la vio en la barra, alzándose por encima de las banalidades filibusteras.

Él cayó en cuenta de que sus ojos se reflejaban en Clara; sus ojos eran sus ojos. Sin perder un instante se levantó con gracia, y a grandes zancadas llegó a su lado. La tomó; la abordó como si fuera una Urca; la mítica Urca da Lima.

Sin tapujos, sin tabúes. No había límites ni fronteras que acatar. Fluía como las olas, desperdigando blanquecinas crestas sobre la arena virginal de la bahía.

Clara era para Él.

Nunca lo dejaría.

Y Él continuaba despachando, blandiendo la oxidada espada en su nombre, impulsado por el deseo de volverla a ver; en honor a todos sus años juntos, en honor a todos los pillajes realizados, porque, claro, Clara era la compañera ideal de cada cacería.

Se la habían arrebatado, malditos perros de la corona, con sus copetes y pelucas ridículas. Si así era el mundo civilizado, Él, junto a Clara, claro está, continuarían declarándoles la guerra, porque más valía aquel desposeído de honores, que aquel que los ostentaba sin aplicarlos.

Hipócritas; el nuevo mundo estaba plagado de ellos.

Pasó por el castillo de proa, imbatible, salpicando restos y escupitajos. Para los abordados no había nada más qué hacer, salvo entregarse a la idea de morir. Él abrió la toldilla y penetró en el interior de la nave, a la oscura expectativa. A lo lejos seguía escuchando la gritería sórdida, pero ya nada de eso importaba. Avanzó, tragando grueso, guiándose por la luz que entraba por las troneras, producto de los cañonazos recibidos; despojos en su andar.

Pensaba en su amada, esperando que esta pensase en Él.

—Claro que sí. ¿Por qué no?

El camarote.

Aquella cárcel.

En la chanza, derribó la puerta de un patadón, y la mandó a volar fuera de sus goznes.

—¡He llegado! —exclamó—. ¡He venido por ti!

Allí estaba Clara, a pocos pasos, con la mirada esperanzada, aguardándole. Tal como la primera vez, Clara se alzaba, ladina, convirtiendo aquella prisión en un palacio. En su rostro se leía un claro agradecimiento; rompería a llorar.

Él se acercó, y a pesar de que el barco continuaba bamboleándose por la cruenta batalla del exterior, la rodeó con sus manos, sintiendo el cálido tacto de su superficie. La levantó, y en ese bamboleo, aprovecharon para bailar una silenciosa zarabanda.

“Qué curvas”, pensaba. “Qué ambrosía”.

Y, sin más, ensangrentado, lleno de inmundicias, la descorchó antes de besarla de a pico.

Y el líquido bajaba por su garganta, calentándole el estómago como hervidero de kraken.

Sí.

Había valido la pena. Nunca más se separarían. Bebía de Clara con avidez, y cada gota de licor lo embriagaba, despertándole los sentidos.

Se despegó del pico; aún le quedaba ron para rato.

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