Desde hace aproximadamente un año, y algo más, estoy haciendo un levantamiento bibliográfico de obras fantásticas/maravillosas en español. ¿Con qué fin? Quizá sea mi tesis de grado algún día.

Lo cierto es que cuando nos hablan de estos géneros, lo menos que se menciona es a algún autor español o latinoamericano, como si plantearse mundos exóticos lejos de la verbigracia del realismo fuera un pecado para la lengua de castilla.

Claro, hay excepciones consagradas como Javier Negrete (La Espada de Fuego) o Liliana Bodoc (La saga de los Confines). En Venezuela tenemos a Andrés Hidalgo (Los Cuatro Reinos) y Ricardo Riera (Dragún). Si se me escapa alguno, me disculpo de antemano.

Hace poco llegó a mí, por manos del autor, una obra que cumple con todos los estándares para ser integrada al canon fantástico hispanoamericano —si es que este debe hacerse—. No solo porque su trabajo fue publicado por Minotauro, sino porque recoge cada uno de los aspectos que los entusiastas del género parecen disfrutar. Y me incluyo; ya el hecho de tener el libro en este lado del planeta es un milagro.

Hoy le daremos un ojo a La Armadura de la Luz.

EL AUTOR

La Armadura de la Luz fue concebida por la mente de Javier Miró, autor español nacido en Sevilla el año 1981, con residencia actual en Austria, cuna de la genialidad musical en el mundo, cabe destacar.

Javier es un autor de mucho movimiento. Su labor como escritor va más allá de escribir, y es que desde hace varios años es dirige Libros Prohibidos, web dedicada a la literatura independiente, además de brindarles un espacio a nuevos autores, entre los que se cuenta este servidor.

Para otro tanto en el marcador, es director de Autorquía, una agencia literaria con múltiples servicios para escritores perdidos en las nebulosas, y no es para menos, ya que de esta agencia se desprende El manual de autopublicación de Autorquía. Un libro, sencillamente, eficaz.

En cuanto a sus obras de ficción, encontramos a Rebelión 20.06.19, autopublicada por el mismo Javier, hasta que Triskel Ediciones decidió tomar cartas en el asunto bajo su sello.

Por último, y no menos importante, Javier Miró corre un canal de YouTube dedicado a la escritura creativa. Semana a semana, brinda consejos y trucos para el escritor novel; un espacio que recomiendo visitar y del que me declaro fan.

LA TRAMA

La Armadura de la Luz tiene encanto. La premisa que mueve a la novela es muy sencilla, pero consistente. Es una obra llena de movimiento, y muy pocas veces encontraremos pasajes estáticos. Esto viene dado gracias a una narrativa ágil y precisa.

La trama nos introduce en la piel de Jax e Iviqui, dos trotamundos que, luego varias vicisitudes, se ven involucrados en un torneo cuyo premio es una armadura mágica y legendaria. Lo que desconocen nuestros protagonistas es que detrás de la fachada hay fuerzas desconocidas que no solo desean la armadura para gloria propia, sino también para fines malévolos que pueden conducir a Umheim a su destrucción.

La novela nos regala cinco arcos dramáticos, claramente delimitados por una circunstancia cumbre a manera de eje narrativo. Javier Miró hace un buen uso de las formas aristotélicas, por lo que los primeros capítulos se encaminan hacia la presentación de cada uno de los personajes y sus puntos de vista; pinceladas pequeñas e informativas sobre el mundo en el que se mueven. En estos arcos nos hacemos una idea general de la dinámica.

Ya para la mitad de la novela, con un objetivo y una dificultad definida, encontramos las primeras trabas argumentales. Lo que parecía ser ya no lo es, y el espectro de posibilidades se amplía un poco más.

La introducción de personajes y giros es un tanto desbalanceada, pero totalmente justificada. Como dije, es una obra con mucho movimiento; y se agradece, ya que la acción transcurre en un sitio fijo: la ciudad de Melay. Al romper la tradición del viaje aventurero de un punto A y B, es más que necesario revolver los acontecimientos para el avance de la historia.

La resolución de los últimos arcos es cerrada en primer plano. Hay mucha acción propia de la espada y brujería, con guiños a juegos de rol. Al tratarse de un torneo, Javier Miró trata con sumo cuidado sus piezas de ajedrez, sin introducir Deux Ex Machinas u ocurrencias de último minuto. Cada detalle fue cuidado con una precisión de cirujano, que si se ha escapado alguna falla, mejor que la crítica literaria lo señale, porque su servidor no sabría hacerlo.

La construcción del mundo rebosa en verosimilitud. Al tratarse de una obra que sigue los cánones de lo fantástico/maravilloso, la inmersión en Umheim se hace a través de un prefacio en forma de fábula, para luego evolucionar en los posteriores capítulos en breves descripciones del entorno. Conforme se avanza, el mundo toma forma en detalles, esbozos y puntos y aparte. Se ve poco esa tendencia a describir cada árbol, cada loma y cada adoquín de la ciudad, cosa que celebro en un título como este.

El uso de los cinco sentidos redondea la ecuación. Más que una ciudad portuaria, Melay se percibe como un conjunto de sensaciones físicas de todo tipo, que muchas veces parecen caminar solas, ayudando a los personajes a entenderse entre ellos mismos. Un par de líneas bien colocadas, y el ambiente se nos dibuja sin mayor esfuerzo. Sin ir más allá, se nos muestra que este mundo es inmenso, y que solo estamos viendo la uña de uno de sus tantos dedos o tentáculos; quién sabe. Un acierto tremendo del autor.

LOS PERSONAJES

La Armadura de la Luz tiene un abanico extenso de personajes, centrándose en cinco puntos de vista principales. El discurso narrativo hace aval de una clara diferenciación, tanto de lenguaje, como de personalidad. Sonará cliché que lo diga; pero sí, los personajes son fuertes. Hay carácter en sus acciones. La construcción de los diálogos se complementa con lo que el personaje está viendo, sintiendo o pensando.

Por un lado tenemos a la pareja protagonista, Jax e Iviqui; un equipo de ladrones con una relación bien estrecha y a primera vista paternal. Jax es la voz de la experiencia en la mayoría de las situaciones, sin dejar de ser un tipo de armas cual mercenario experimentado —de hecho lo es— y más allá de eso, su carácter calculador se ve mucha veces truncado por la espontaneidad de su compañera. Es un tipo que conoce de mundo; y sin embargo, se da chance para sorprenderse a sí mismo a lo largo de la novela a medida que los extraños acontecimientos comienzan a alcanzarlo.

Si habría que elegir un personaje principal, el papel caería sobre Iviqui. Llegamos a conocer los hechos de La Armadura de la Luz por sus ojos, ya que ella es la mayor catalizadora gracias a su ferviente deseo de ir más allá de lo que sus habilidades le permiten. Es llevada por la curiosidad y por su espíritu juvenil, y en el trayecto encontrará varios obstáculos que la harán crecer para nuestro gusto. Los tramos en donde es foco están llenos de acción, sobre todo en los últimos. El personaje nos llena de buen humor, tanto por sus acciones como por sus peripecias a la hora de salir airosa de los problemas.

Haslor cumple el rol de antagonista. Sin ahondar mucho, quiero decir que es el personaje mejor desarrollado de la novela. Su apatía hacia el vulgo, y su odio hacia el par protagonista, mantendrá la motivación de este pintoresco ser. En cada página que nos topemos con Haslor, leeremos sartas de insultos y combinaciones que deberían enmarcarse en el vocabulario de la fantasía de los próximos años. Toda esta maldad y soberbia lo convierten en mi personaje favorito. A primera leída ya nos da la idea de ser un egoísta desalmado que solo busca satisfacer sus necesidades más básicas —pero válidas dentro del contexto—: dinero y poder.

En la labor de McGuffin, tenemos a Aezhel; un monje mentalista de pocas palabras y de intenciones ambiguas. A pesar de tener pocos capítulos protagónicos en comparación con el resto del elenco, sus apariciones son oportunas; más que todo para dilucidar enigmas y revelar información; u ocultarla según sea el caso de la conveniencia. Su naturaleza de monje lo lleva a ser taimado y taciturno. Los pasajes de interna meditación son joyas.

Tenemos a Adaveia, prometida de Haslor. Aunque me duele decirlo, es el punto flaco de la novela pese a que a nivel narrativo solo realza la maldad —y la genialidad— de su futuro esposo. Salvando lo positivo, observamos un quiebre claro de percepción conforme avanzamos en la trama, y puedo decir con total certeza que sus pasajes son los más emocionales, con imágenes muy claras del dolor, el sufrimiento y lo que significa desprenderse de tus creencias. Adaveia quizá no sea un factor clave para el desenvolvimiento de La Armadura de la Luz, pero es un reflejo del dolor femenino a lo largo de los años; y siempre recalcaré que la literatura de género, más allá de presentarse como entretenimiento, es una forma de señalar ciertas cosas que no están bien en el mundo, sin caer en lo panfletario.

Dentro del abultado saco de personajes secundarios encontramos particulares dignas de mención como Sergvis, el inmortal; un grupo de amazonas del muy mal carácter, Daleid y su lenguaje barroco, y variopintos guerreros inscritos en el torneo. Quizá la inclusión de muchos pase desapercibida en una primera leída, por lo que seguirles el ritmo es un tanto engorroso.

ESTILO Y LENGUAJE

Si no lo he destacado ya, el punto fuerte de La Armadura de la Luz es la manera en la que está escrita. Punto. La obra adquiere un peso y un valor inefable, aparte de contrastar con otras, por su estética y cuidado en la prosa; olvida las carencias del género y combate cara a cara el prejuicio —bien ganado, por cierto, pero es arena de otro costal— de que la literatura fantástica y de género es un peldaño menor.

Se pueden establecer, al menos, cuatro registros narrativos, cada uno independientes de sí, pero que a lo largo de la trama van hilándose unos con otros en pro de lograr el macrouniverso que ha creado Javier Miró. Detectamos de buenas a primera que a tal personaje le corresponde tal registro y así en sucesivo.

Y no solo ocurre con los personajes, sino en las distintas fases por las que atraviesa la novela. Los puntos de tensión, cierres, transiciones a otros puntos de vista y las escenas dinámicas y pausadas tienen su propio espacio puestas a dedo. Tanto así, que los matices durante el torneo adquieren ese aire de espada y brujería clásico, en combinación con el ambiente de partida rolera como he señalado antes.

La lectura es eficaz, humilde y concreta. No recurre a términos rimbombantes; narrativa moderna dirían algunos. Yo, dentro de mi criterio, la catalogaría como consciente y adecuada a lo que pide el texto. Dentro de estos puntos, el autor da a entender una concepción madura de lo que significa escribir. No hablamos de dotes poéticas, sino de ese olfato que se adquiere solo con la práctica del oficio.

Se observa un uso fuerte de las imágenes. Por ejemplo, este pasaje:

En silencio, graves como la comitiva de un difunto, y no por respeto a los otros huéspedes que pudieran estar todavía durmiendo, sino por el inmenso cansancio que mortificaba sus cuerpos, fueron desfilando hasta sus respectivas habitaciones. Aquella había sido la jornada más intensa, larga y desilusionante en la vida de Adaveia. Habría apostado una vaca lechera a que para los demás, también. Pero ninguno de ellos interiorizaba el sufrimiento como Haslor. Su prometido era quien había vivido los acontecimientos con mayor intensidad para lo bueno y lo malo. Por ello, la decisión final del alguacil había sido algo más que un chasco; había sido un mazazo.

Con las primeras líneas, gracias a las convencionalidades del símbolo, nos topamos con la parquedad de la derrota. “La comitiva de un difunto” nos describe a grandes rasgos el estado anímico de la situación. El uso de este recurso abarca una sensorialidad extrema; no es necesario describir la velocidad con la que caminan, ni tampoco el ambiente por donde se mueven. Es una imagen perfecta, y no es la única de este estilo que se encuentra en La Armadura de la Luz. Una sencillez que se ovaciona al construir más allá de los adjetivos.

Como dije, el carácter del personaje queda impreso en gran parte de estos pasajes; es la mirada que contacta con el mundo. En este caso observamos lo frágil, y en cierta medida, la devoción que siente Adaveia hacia Haslor. Todo en unas pocas palabras.

Esto no solo ocurre con las percepciones. El ritmo de la narrativa tiene cierto aire de canción; leerlo en voz alta da gusto, y aunque parezca que se nos está introduciendo un montón de información de golpe —sobre todo en los diálogos de Aezhel — hay musicalidad.

¿DE QUÉ NOS HABLA LA ARMADURA DE LA LUZ?

A partir de aquí la interpretación es de mi cosecha. Esa creencia de que la literatura de género no encierra algo en sus viñetas es una media verdad. No me refiero a moralejas ni esas pavadas; me refiero al porqué de la obra. He llegado a pensar que esto se tiene o no, y va de la mano con la madurez del autor. La literatura da gozo en su nulo pragmatismo, pero hay algo más.

La obra de Javier Miró toca un par de aristas que vale la pena resaltar. En la piel de sus personajes nos muestra los matices de la barbarie y la anarquía; escenarios conectan directamente con las necesidades de los protagonistas; necesidades de compañía en el caso de Jax, y la intensa búsqueda del lugar en el mundo por el lado de Iviqui, la búsqueda del hogar, esa vuelta hacia la casa.

Quizá, aventuro, es el contraste entre la soledad de unos personajes renegados y apartados, obligados a ir como un corcho a la deriva del mar; la supervivencia del más apto. Incluso Adaveia es atrapada por esta sombra de barbarie, e irónicamente, es en esta en donde comienza a darse cuenta de quién es. La barbarie no proviene, como muchas veces se tiende a pensar, del aquel lado incivilizado. La aristocracia mostrada en La Armadura de la Luz es cruel, y es a lo que se enfrenta el personaje antes mencionado; sin embargo, no puedo decir que ciertas barbaries son mejores que otras. Creo que, a ciencia cierta, la obra solo nos la enseña sin la intención de emitir juicio. No alecciona, mas le pone ojo clínico.

Sí. Eso debe ser, digo yo. La Armadura de la Luz nos habla de la barbarie, de la soledad y de esa conexión que sentimos hacia lugares que no existen y del destino, fuera del azar, que deseamos tener, y que fervientemente creemos que están allí esperando.

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