Aristóteles hace hincapié en el entramado de los hechos, el argumento, la fábula, puesto que la tragedia (su objeto de estudio en la Poética) es imitación de una sola acción, la cual debe estar acabada, completa y de cierta longitud. Estas concepciones recaen en lo que él llama entero o completo.

Completo es aquello que tiene principio, medio y fin.

Entramos en el campo de la extensión, y en este punto nos encontramos con la teoría aristotélica de la estructura; la forma coherente en la que debe estar organizada una tragedia o una narración, según su punto de vista.

La sucesión narrativa debe ser, en cierta medida, lineal, como consecuencia de una causa. Lo que llama principio funciona de interruptor y no debe tener nada anterior, pero inmediatamente debe suscitar una serie de hechos. Lo que llama medio se describe como aquellos que sucede en consecuencia del principio y que darán pie al último tramo del argumento, el cual llama final por no tener algo que lo continúe, mas sí algo que lo precede.
Para ser más claro, una premisa funciona como catalizador de movimiento de la acción a imitar en un principio. Esta acción debe suscitar peripecias y reconocimientos en sus personajes durante la parte central, y dicha anagnórisis debe llegar a una resolución en la que no queden cabos sueltos y satisfaga tanto la verosimilitud que exige la trama como la purga de afecciones en el público, puesto que el argumento busca la catarsis en su fin último mediante acciones elevadas.
En el proceso, comienza a tener encuentros con un criminal llamado Guasón, y descubre que este fue el culpable de la muerte de sus progenitores (medio. Ocurre la peripecia). Batman decide detenerlo de una vez por todas y logra su cometido, no sin antes reconocerse a sí mismo como un justiciero, y no como un asesino, ya que esto lo haría idéntico a los criminales que juró encerrar. No quiere venganza; quiere justicia (final y anagnórisis).

En términos modernos, la trama se construye por acciones unitarias, completas y proporcionadas que recaen sobre los personajes. Alguien asesina a los padres de Bruno Díaz (principio de la premisa. Nada lo antecede), y este decide entrenar largos años para enfrentar a los criminales y limpiar a Ciudad Gótica del crimen; se transforma en Batman.

Al abordar el tema de la unidad, Aristóteles define su concepción de la belleza. Para él, la belleza está determinada por el equilibrio proporcional de los elementos que componen un objeto en sí mismo. Por equilibrio esclarece que debe haber una correspondencia armónica entre las partes, unificados por una sola razón, la cual debe tener mínimos y límites de extensión.
Una jirafa bajo su mirada no sería ni bella o unitaria, puesto que hay un cuerpo muy pequeño en contraste con un cuello y patas muy largas, y ni hablar de su cola corta y su lengua prensil.

Puesto que lo bello, sea un ser vivo o cualquier acción que esté compuesta de partes ordenadas, sino que también debe tener un tamaño que no sea aleatorio, ya que la belleza depende del tamaño y del orden.

Llevado este pensar a los argumentos, estos deben lograr una construcción unitaria y no comenzar ni acabar en un punto cualquiera, producto de una premisa aleatoria. La unidad de una fábula no reposa por referirse a un solo personaje, ya que muchas cosas pueden ocurrirle, y muchas de estas no constituyen algún fin o son producto del azar, ni son parte de algún entramado que dé sentido a la sucesión de hechos.

Tal es la vida cotidiana, donde la aparente repetición de los días está llena de minúsculos momentos que, si los suprimimos, no cambiarían mucho el entorno. También así, muchas son las acciones imitadas que pueden ocurrirle a un mismo personaje, y estas acciones pueden ser aisladas una de las otras, resultando así en una mala fábula, según Aristóteles, por no ser proporcionada ni verosímil. La ficción, en cambio, reordena los acontecimientos y sus elementos para un completo y unitario argumento.

Unos enanos y un mago deciden contratar a un mediano para que los ayude a saquear una montaña llena de tesoros custodiada por un dragón y así recuperar su hogar. Tolkien habrá compuesto El Hobbit pensando en esta sola acción unitaria condensada en un solo personaje. No sería necesario, ni verosímil, escribir todo cuanto le habrá ocurrido a Bilbo Bolsón o las veces que este fue al baño en el camino de su casa a Erebor, la Montaña Solitaria.

Ahora, si se deshace algún elemento de la premisa principal (el dragón, por ejemplo), el argumento se vendrá abajo por no ser unitario ni producir emoción alguna en el lector, porque… ¿de qué sirve la novela de viaje sin una dificultad?

La imitación que tiene unidad lo es de una sola cosa, así también es preciso que el argumento, puesto que es imitación de una acción, lo sea de una acción sola y que esta sea completa, y que las partes de las acciones estén ensambladas de tal modo que si una de ellas se cambia de lugar o se suprime, el conjunto se altere y se trastorne, pues aquello que por añadirse o quitarse no provoca ningún efecto manifiesto, no es parte alguna del todo.

Al referirse al todo, es claro que habla de la ficción, del entramado de la fábula que se construye con base en la verosimilitud —sus elementos, nombres de personajes  reales o inventados según sea el antojo del poeta, modo de imitación, acciones y extensión; la proporción de estos—.
Respecto a la labor del escritor como creador de situaciones verosímiles y unitarias dentro de la fábula, Aristóteles reafirma que este debe procurar centrar su atención en los argumentos, pues su mérito mayor reside en la solidez de estos y la manera en que la imitación les da forma, independientemente de si estos han ocurrido o no.

En conclusión, la unidad y lo entero son dos caras de una misma moneda. Por un lado, está la debida proporción y conjunción de las partes que hacen un argumento verosímil, y cómo estas partes forman una sola acción lo suficientemente amplia para abarcar una tragedia, epopeya o comedia balanceada.

Por otro lado, lo completo se refiere a que las acciones no pueden estar inacabadas ni cojear porque falte un elemento u otro; la debida extensión, el debido límite está en establecer los comienzos de una premisa y hasta dónde llevarla para crear concordancia entre lo que se empezó a contar y su resolución.

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